fotografía: Claudia Taranto 

"Desde la cama": relato de un diálogo imposible

 

Mireya Ribas Medal nació en 1958 en Asunción, Paraguay. Llegó a la Argentina en 1974 porque su padre fue un exiliado político: se oponía a la dictadura de Stroessner. Vive en Campana desde 1988. Es trabajadora social, estudió periodismo en el Círculo de la Prensa y escribe desde siempre. A los 20 años ganó un premio en la ciudad de Buenos Aires y  publicó poesía en una antología. Coordinó varios talleres literarios para adultos y adolescentes. Actualmente, lleva adelante uno,  "Palabra Mundo", en el espacio cultural Arte y Otra cosa. El cuento que a continuación presentamos formará parte de su próximo libro. Al leerlo, oímos con nitidez la voz de la narradora: sus reproches, sus recuerdos, sus revelaciones. Se trata de una voz coloquial y cotidiana, y aparentemente cálida. De una voz que quiere entablar un diálogo imposible. ¿Pero se trata de un diálogo o de un monólogo interior?, ¿quiere la hija que la madre la escuche realmente?, ¿escucha en verdad la madre a la hija?, ¿es posible la comunicación humana: en qué circunstancias, bajo qué orden del tiempo, entre qué generaciones? En esos cruces y juegos reside la fuerza del relato.

 

Desde la cama

 

Mirá, mamá, mirá lo que encontré en la caja de madera debajo de tu cama, la que estaba tan en el medio que solo apareció cuando nos pusimos a limpiar con Nilda. Encontré esta foto vieja, mirá, ¿te la acerco para que la veas bien? Ponete los anteojos, mamá.

   Al principio no lo descubrí, tuve que hacer mucho esfuerzo para darme cuenta de qué era lo que estaba fuera de lugar o qué cosa no era coherente. Porque acá hay algo que no va con mis recuerdos.

   ¿Te pongo más cómoda? ¿Querés que te levante las almohadas, así ves mejor?

   Bueno, recién me doy cuenta. Lo raro es que estés vos, mamá, en la foto. No me pongas esa cara. Convengamos: vos no me sacabas mucho a pasear, yo casi siempre salía con papá, vos te quedabas en casa, o porque no tenías ganas, o no te sentías bien, o tenías que dormir la siesta, o porque salías con tus amigas…

   ¿Qué decís, mamá? A veces, muy de vez en cuando, me llevabas al cine -aunque muchas más veces fui con papá-, pero a pasear casi nunca… Esa vez, la de la foto. Y cómo te habrá costado, que hasta la tiraste adentro de una caja sucia para no acordarte… Uh, bueno, no te reprocho nada, se te habrá perdido.

   Después vos me decías que yo lo prefería a papá, y no era así, eras vos la que lo prefería, porque cuando volvíamos del cine no te podía contar la película yo, te la contaba él, a mí ni me mirabas. Pero bueno, se ve que esa tarde vos fuiste conmigo al zoológico y seguro que también fue papá, por una vez habíamos salido los tres, y se ve que esta foto nos la sacó papá con esa cámara vieja que nos compramos para el viaje a Cataratas, ¿te acordás? Ese viaje donde yo me enamoré del guía y después soñé con él muchísimo. Pero como me enamoraba en esa época, sin decir nada y sin que vos supieras… Vos también te habías enamorado ¿no, mamá? Un poquito, admitilo, dale, yo te vi hablar con él en ese viaje.

   Tanto tiempo en cama hace que pierdas la memoria y el humor. Vamos, un poco de alegría en esos ojitos, después de todo, te lo pasás descansando todo el día acá, bien cómoda, mientras Nilda y yo corremos de un lado para el otro con tus caprichos… Uh, no, no me estoy quejando. ¿Ves que perdiste la chispa?

   Con esa cámara sacábamos unas fotos chiquitas, apenas más grandes que las del pasaporte, en blanco y negro. Entonces, acá no salen tus ojos grises. Qué lindos ojos tenías, mamá; todavía los tenés. Se nota que estabas gorda, se te ve en la cara, en el cuello, en la mano que apoyás en mi rodilla. ¿Sabés qué? No me estás mirando, ni mirás al caballo donde me había montado, sino a la cámara, a papá, a un punto que te da mucha tristeza, tenías mucha tristeza, se te nota tu piel sin color. Y también tu lápiz de labios bien rojo, a vos te encantaba el rojo, en las uñas también lo usabas. Esa tarde te habías puesto ese saco de terciopelo ¿te acordás? Yo lo adoraba, se usaba mucho el terciopelo; deliraba por ese traje tuyo, color vino decías vos, yo le decía bordó. A veces yo me ponía el saco y me disfrazaba de modelo alta y hermosa que iba a una fiesta con un tapado de terciopelo. Me lo ponía sin que te dieras cuenta… Ah, sí sabías, mamá, sí sabías. Usaba tu lápiz labial rojo, los zapatos de tacos altos y la sombra azul.

   No te pongas triste, para mí era un disfraz solamente. Ya no tengo esas fantasías, estoy grande y ni soy alta, ni modelo, ni hermosa. Acá me ves y acá me tenés. ¿Qué te pasa? Si es lo que vos querías.

   ¿Te acordás de que me lo prestaste para un cumpleaños de quince? El de mi compañera de colegio, Lourdes, que hoy vive en Barcelona con su marido y sus hijos…

   Entonces ya me quedaba bien y era perfecto con el vestido que me había puesto y cuando llegué a la fiesta era todo tan deslumbrante que lo dejé en algún sillón dorado. Pero me equivoqué, porque ni sabía que había un guardarropa y tampoco tenía idea de que existía un lugar especial para los regalos de Lourdes. Era todo tan lujoso.

   Y bueno, yo no iba mucho a fiestas, todavía era chica y recién empezaba a salir, pero insististe para que me llevara el saco aunque no hacía frío. Cuando Gustavo y yo entramos al salón, ¿te acordás de que fui con él en su auto porque todas las chicas iban con un acompañante aunque fuera un hermano, y yo lo invité porque era mi primo?, bueno, así como yo me emocioné mucho, me di cuenta de que Gustavo también estaba raro. ¡Hasta me tomó de la mano! Al rato, sentí que me había puesto toda colorada.

   Mamá, no te duermas, te estoy hablando, te estoy contando algo. ¿No te importa nada de esta foto? ¿Te das cuenta de que las dos usamos el mismo saco en momentos que dejaron marca en mi vida?

   Corro un poco las cortinas y abro este lado de la ventana, así mirás un poco de la tarde y te da aire, aunque sea desde la cama.

   Vamos a reconocer que Gustavo era más grande que yo y en ese entonces me gustaba un poco. Pero esa noche yo no pensaba en eso, estaba más avergonzada que… enamorada, podríamos decir. Después medio lo perdí en la fiesta, me ponía nerviosa dando vueltas alrededor y en un momento le dije que se sentara por ahí. Él ofreció traerme algo para tomar y me quiso sacar a bailar, pero le contesté que no, de mal modo, las dos veces, y me quedé hablando con Mabel. ¿Te acordás de ella, mamá? Era pelirroja rulienta, más baja que yo y con la cara redonda y pecosa. Ahora me dicen que está en un psiquiátrico… Ni siquiera éramos tan amigas, pero, comparada conmigo, me daba brillo.

   Ah, te reís, qué maldad tenés. Pobre Mabel…

   Ninguno de los chicos de la fiesta se acercó a nosotras y al final no bailé con nadie. Pero tampoco se me hubiera ocurrido. En ese entonces no podía entender cómo algunas de mis compañeras hacían de todo para que un chico las sacara a bailar, y, cuando se aferraban a uno, no lo largaban más en toda la noche, se le colgaban del cuello y así pasaban todos los lentos. Me daban asco, y vamos a reconocer ahora que sentía mucha envidia también.

   De a ratos lo veía a Gustavo, que comía o tomaba algo, solo, porque no conocía a nadie y me miraba de costado. Hoy entiendo el maltrato que le di. Será por eso que más tarde no quiso volver a hablarme.

   Vos, mamá, nunca dejaste que yo hablara de verdad con ningún muchacho. ¿Te acordás cuando Ricardo me acompañaba a casa y vos te quedabas del otro lado de la puerta mirando si apretábamos? Ay, ahora te ponés así, imaginate la vergüenza que sentía yo cuando salías a llamarme para que Ricardo no me besara. Me decías que no lo dejara ponerme las manos en la cintura… Ahora me resultás graciosa, ¿en dónde querías que me pusiera las manos?

   No te imaginás, mamá, las veces que soñé que iba a tener una hija y le iba a poner Lourdes, como la chica de la fiesta. ¿Qué me mirás? Cuando anduve con Pablo, que salimos dos veces, me pareció que era un gran tipo y enseguida tuve la fantasía de casarme con él. Pero vos fuiste hasta la esquina a buscarme porque sabías que él no venía a la puerta de casa. No lo vi más, mamá, no lo vi más… Qué habilidad tenías para dejarme como una tonta.

   Pero el verdadero bochorno lo sufrí en la fiesta, cuando ya estábamos yéndonos. Empecé a buscar tu saco de terciopelo y no lo encontré por ningún lado. La madre de Lourdes me preguntó por qué no lo había dejado en el guardarropa. Si yo no sabía, yo estaba segura de que lo había dejado en un sillón cerca de los regalos y hasta a la que cumplía quince le pregunté, le interrumpí un terrible beso que se estaba dando con un pibe. Ni me contestó.

   Ah, ahora tenés frío. Bueno, cierro la ventana. Igual, ni levantás la cabeza para mirar. Esto no es vida, mamá… Pero mirame a mí en esta foto, y mirate vos…

   Al terminar la fiesta, Gustavo me acompañó hasta casa, iba otra vez a su lado en el auto, pero me sentía muy mal con él. Yo miraba el costado de su cara. Le conté del saco, le dije que no sabía lo que te iba a explicar a vos, le mostré mi angustia, le pedí perdón. Por un instante su mano derecha se desprendió del volante y me pareció que iba a caer en mi rodilla. Temblé. Pero no dijo palabra ni me tocó.

   Me sentí desolada, mamá, porque cuando me fui de la fiesta no pude encontrar tu saco de terciopelo hermoso que me había hecho modelo, el que tenés puesto en la foto, con el que me estás abrazando aunque mires triste. Lo había perdido, no lo encontraba, aunque lo busqué, te lo juro.

   Me dijiste que nunca más me ibas a prestar nada.

   ¿Cómo, mamá? ¿Esta llave? Nunca la había visto, así que estuvo en esta caja todo el tiempo, me hacés reír, sos como Pandora. Ah, es para abrir este lado del armario.

   Pero, mirá… Lo tuviste todo el tiempo… Entonces, ¿la madre de Lourdes lo encontró y te lo devolvió? Estuvo acá todos estos años…

   ¡Mamá, abrí los ojos! No te voy a dejar descansar hasta que me expliques. No te podés dormir justo ahora. ¿Vos te das cuenta de lo que me hiciste toda la vida? ¿Por qué?

   Quiero que me mires a los ojos, mamá. No me obligues a sacudirte… ¡Nilda! ¡Vení, ayudame, mamá no se quiere despertar!

 

 

 

#Mireya Ribas Medal #narrativa Campana