Deseducados mediáticamente: ¡gloria y loor!

por Leonardo Maldonado

Hacia fines del siglo diecinueve y principios del veinte, una de las consignas de la modernización de la prensa en relación con el establecimiento y la legitimación de su propio discurso (quién soy, qué hago), fue la de ir instalando en la sociedad una concepción de noticia ilusoria. Así, la prensa moderna define a la noticia como un “espejo del mundo”: un hecho verdadero, actual y de interés general que cumple determinadas condiciones de noticiabilidad (novedad, significatividad, carácter público del involucrado, jerarquía de los actores involucrados, proximidad geográfica, negatividad del evento, hecho extra-ordinario, gravedad, expectativa, potencialidad para permanecer en la agenda, etc.) que se da a conocer a un público masivo luego de un cuidado tratamiento periodístico. De este modo, al partir de una supuesta objetividad, los dueños de la prensa escamotean sus intereses de clase y económico-políticos. Esta definición de noticia es acompañada de una concepción romántica de quien la produce, el periodista, que es al mismo tiempo un aventurero caza-novedades que se adentra en terrenos difíciles y oscuros para descubrir verdades que estaban ocultas y un hombre de ética intachable que denuncia los casos de corrupción de los distintos estamentos del Estado.

Esta noción de noticia, que se ha arraigado a lo largo del siglo XX, es la que ha permitido que se calificara a la prensa como cuarto poder: ella se concibe a sí misma como una institución idónea, democrática y responsable que investiga, critica, desempolva y juzga los abusos de poder y los casos de corrupción cometidos por alguno de los tres poderes del Estado: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Y lo hace en nombre de la ciudadanía, y por ella. En tanto esta no tiene los medios para investigar y expresarse y dar a conocer esos hechos delictivos, la prensa ocupa su lugar y la “representa”. Ella nunca comete actos de corrupción ni incurre en la propagación de falsos hechos ni intenta orientar políticamente a sus lectores: ella es neutra, objetiva e informa con seriedad y con altos estándares de calidad. La escuela, en tanto aparato ideológico del Estado en términos de Althusser (1970), se encargó, sobre todo a partir de la década del ochenta, cuando en nuestro país el periódico ingresa al aula y se comienza a estudiar el texto periodístico en el área de Lengua, de cristalizar aún más en el imaginario social esta concepción de noticia y de periodista. En Historia y crítica de la opinión pública (1962), Habermas plantea la falacia: la política y la prensa burguesas, una vez en el poder, actúan en complicidad y crean eficientes mecanismos comunicacionales que actúan como fachadas de representación: ambas no hacen sino defender sus propios intereses. No solo tratan de disimularlos sino de hacerlos pasar como si fueran colectivos. Así, la crisis de representación política se inicia en el mismo momento en que esta clase accede al Estado –su planteo es marxista-nietzscheano.

Si esta concepción de noticia como espejo de la realidad fuera cierta, no haría falta más que un solo diario o una sola cadena de radio porque la neutralidad excluye a la ideología. Esta definición de noticia no puede explicar, por ejemplo, que un diario de derecha hoy titule “El préstamo del FMI salva a la Argentina” y uno progresista “El préstamo del FMI hunde a la Argentina”. Aún hoy, los medios hegemónicos de nuestro país (y muchos de sus periodistas estrellas) tratan de ocultar tanto como pueden que la noticia es la narración de un hecho y que su tratamiento periodístico (los títulos, los copetes, las fotografías que acompañan las notas, los epígrafes, etc.) se realiza en el marco de una empresa (capitalista) periodística y que no crea una verdad y un mundo único sino verdades relativas y mundos posibles. Esta concepción de la noticia como relato y que construye la realidad fue pensada por la Academia. Eduardo Blaustein (2016) sostiene que “la patente de la expresión «construcción de la realidad» le pertenece a Gaye Tuchman, aunque abundan las aproximaciones anteriores”. Y cita su ya clásica obra: Making news. A study  in construction of reality (1978), traducida al castellano recién en 1983 (Ed. Gustavo Gili, México). En realidad, Tuchman había planteado esa noción unos años antes, en el artículo “Making news by Doing Work: Routinizing the Unexpected”, publicado en la revista American Journal of Sociology, vol. 79, nº 1, en julio de 1973. En la Conclusión escribe “construction of reality” y “construct and reconstruct social reality” (p. 129).


Diciembre de 2001 inauguró en nuestro país la caída del paradigma del periodismo objetivo e independiente. En medio de los cacerolazos por el corralito bancario determinado por el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo, el desplome definitivo de la convertibilidad, una toma de deuda millonaria por parte del gobierno del presidente Fernando De la Rúa (que los medios hegemónicos habían avalado), la multiplicación de los saqueos, la represión policial en todo el país, y la crisis de representación política (los políticos son todos iguales, ¡que se vayan todos!), las paredes de la ciudad de Buenos Aires oficiaron de palimpsesto para el agenciamiento de una nueva mirada sobre el periodismo. El grafiti era más que elocuente: “nos mean y Clarín dice que llueve”. Una de esas ya míticas y famosas pintadas fue realizada en una de las paredes laterales de la Catedral Metropolitana, la que da a la calle San Martín. Uno podría preguntarse por qué tardó tanto tiempo en resquebrajarse la concepción de noticia como espejo, por qué en nuestro país llevó prácticamente (o más de) un siglo. Los factores son múltiples, como la sofistificación de las políticas comunicacionales de la prensa, los variables niveles de alfabetización mediática, la existencia de monopolios informativos, los altos niveles de violencia simbólica ejercida por la prensa hegemónica, y la ausencia de una mirada crítica de los medios desde la escuela entre otros. ¿Por qué la institución periodismo no cayó en nuestro país sino hasta 2001, cuando la sociedad argentina cuestionó a todas las instituciones? El retorno de la democracia podría haber constituido una oportunidad: el presidente Alfonsín se enfrentó a Clarín y trató de crear una ley de medios, pero no pudo. ¿No estaba la sociedad de entonces preparada o lo suficientemente alfabetizada en medios para leer las noticias, para desmontar los mensajes ideológicos, para comparar las tapas de los diarios o las editoriales, para descubrir lo que hoy llamamos operaciones mediáticas y políticas? Evidentemente no, para la mayoría de la población esa concepción de periodismo objetivo y neutral que dice la verdad y refleja la realidad estaba muy arraigada en el imaginario social; en todo caso, el quehacer periodístico era entonces cuestionado por determinados y específicos sectores de la cultura y la Academia. ¿Por qué la revista Gente sigue vendiendo miles de ejemplares luego del famoso ejemplar en el que titulaba: “Estamos ganando”, en referencia a la guerra de Malvinas? La estrategia de los medios, para que no cayera esa concepción especular de la noticia, consistió en culpabilizar al gobierno militar: las notas y las opiniones a favor de la dictadura fueron producto de la feroz censura impuesta. Llevó mucho tiempo revertir este posicionamiento y realizar el pasaje conceptual que va de la censura a la complicidad. Como también llevó mucho tiempo dejar de usar el modo en que el gobierno genocida de Videla se autodenominó, Proceso de Reorganización Nacional, y reemplazarlo por dictadura cívico-militar. También en el ámbito de los analistas e investigadores de medios costó salir de ese pantano de términos. Recién en 1998, la excelente recopilación de artículos y facsímiles de tapas de los medios de la época de Zubieta y Blaustein: “Decíamos ayer: la prensa argentina bajo el Proceso” (Colihue, 1998), comenzó a abrir el camino. En la Introducción, los autores se preguntan por “la responsabilidad social” (p. 7, ed. 2006), entre ellas la de la prensa, que hicieron posible que la dictadura pudiera cometer los crímenes de lesa humanidad más aberrantes que haya conocido nuestra historia reciente.



Fue el programa 678 en la Televisión Pública el que hizo pública la concepción de la noticia como constructo y que se sinceró respecto de su posicionamiento ideológico: somos periodistas que apoyamos al kirchnerismo. Uno de sus méritos consistió en plantear una discusión pública sobre el rol de la prensa y el del periodista en la sociedad actual argentina. Esa discusión tuvo un eje fundamental: la desacralización de la información, en especial la proveniente de los medios hegemónicos. La promoción de la caída del paradigma de la concepción de la noticia como espejo de la realidad se apoyó en la realización de informes audiovisuales en los que se realizaba “periodismo comparado”, actividad que hasta entonces solo se efectuaba en círculos académicos, en las universidades y en las escuelas de Comunicación y de Periodismo. Así, 678 analizó y criticó las operaciones mediáticas, la descontextualización de la información, las relaciones entre los periodistas y las empresas para las que trabajan, o los cambios ideológicos de determinados periodistas (el caso de Jorge Lanata es emblemático en este sentido). Asimismo, dio a conocer masivamente el nombre de Héctor Magnetto, CEO del grupo Clarín que permanecía feliz y tranquilamente en el anonimato, y los estrechos vínculos entre los diarios tradicionales y la última dictadura cívico-militar (la compra de las acciones de Papel Prensa y el caso de las adopciones irregulares de los hijos de Ernestina Herrera de Noble). Esta desacralización de la noticia, este cuestionamiento al periodismo tradicional, la visibilidad y el apoyo a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y esta propuesta de pensar al periodismo desde la propia área, esta autorreflexividad, despertó la furia de las grandes corporaciones mediáticas. Los ataques no se hicieron esperar y fueron sostenidos en el tiempo: se  lo comparó con un noticiero de la dictadura (60 minutos), se dijo que sus periodistas ganaban cuantiosas fortunas (se revelaron falsos sueldos) y que montaban un show panfletario que nadie miraba, y que el Estado no podía despilfarrar dinero en ese pasquín berreta, obsceno y militante.


Como respuesta, siempre activa, la derecha mediática argentina logró sacar provecho de la situación y produjo, quizás, la primera maniobra discursiva inteligente, en relación con el periodismo, en décadas. Produjo dos conceptos que contrarrestaban lo sostenido en 678. Deformó la concepción de periodismo militante (la banalización del trabajo y de la figura de Rodolfo Walsh sigue llegando a extremos insospechados, en especial cada 7 de junio, cuando se conmemora el día del periodista) y resignificó la noción de relato: trasladó este concepto del mundo de la noticia al de la política. Sinonimización entre relato y mentira que solo se circunscribió a la gestión de Cristina Fernández y no a líderes gobernantes de provincias y municipios de otros partidos. Jamás en sus páginas ni en sus transmisiones radiales o televisivas, cuando Cristina Fernández ejercía su segunda presidencia, los principales editorialistas de esta derecha mediática escribieron o hablaron de relato macrista ni de relato binnerista ni de relato massista. Los sets de la señal de cable TN se convirtieron en una trinchera, tanto para los periodistas como para los distintos sectores de la oposición (¿cuándo al grupo Clarín le interesó otorgarle voz ininterrumpida a partidos de izquierda?), desde la cual lanzaba mensajes-misiles de largo alcance (Julio Blanck, editor jefe de Clarín y editorialista, reconoció en una entrevista a La Izquierda Diario (17/07/2016) que desde el grupo Clarín realizaron un “periodismo de guerra” sacrificando la credibilidad) en contra del kirchnerismo, estigmatizado como ninguna otra fuerza política desde el retorno de la democracia. La arista concomitante de esta operación fue la invención de una nueva categoría de periodistas: los relatores del relato. Víctor Hugo Morales, en tanto relator de partidos de fútbol, se convirtió en el ícono de esta especie que trivializaba y tergiversaba la noción de periodista militante. Desde 678 la respuesta era la siguiente: los periodistas de TN también son militantes: militantes del sistema, militantes del neoliberalismo, militantes del establishment, militantes de Magnetto.


Si a todo lo expuesto agregamos el advenimiento de internet, la proliferación de medios digitales, las estrategias de clickbaits, la divulgación de falsas noticias (fake news), los ejércitos de trolls que opinan barbaridades a diestra y siniestra, la  irradiación continua de información amarillista y basura, y la alianza entre los medios hegemónicos, la derecha política y sectores reaccionarios de la Justicia que ponen en peligro el sistema democrático, la situación se complejiza. ¿Qué hace el lector frente a este panorama, qué hace cuando queda en medio de calientes disputas mediáticas? ¿A quién le “cree”: a Jorge Lanata o a Roberto Navarro, a TN o a C5N, a Leuco (padre o hijo) o a Verbitsky? Clarín defiende a Stornelli y Página/12 no cuenta qué tipo de empresario es Etchebest. La respuesta de Ramonet, la creación de un quinto poder que contrarrestara el poder de los medios es un camino posible. En un libro de su autoría (2014), Dante Palma, uno de los partícipes de 678, consideró que este quinto poder, para que funcionara, debía ser financiado por el Estado. Pero apenas el macrismo asumió el poder, se vio que esto era inviable. Las redes, según Ramonet, podrían servir de contrapeso, pero no soluciona la raíz de la problemática: ¿a qué flyer le cree el internauta?, ¿no hay ya webnavegadores que se informan solo a partir de memes? ¿Quién confecciona esos flyers y esos memes?


La crisis de credibilidad del periodismo, instalada en nuestra sociedad desde el 2001 y consolidada a partir del 2008 por la parición del kirchnerismo (el conflicto con el “campo” parió al kirchnerismo), tiene cada vez más fuerza en nuestras ciudades: Zárate y Campana. Los cuestionamientos a los medios locales en sus páginas facebooks son cada vez más recurrentes: el accidente del chico del delivery no ocurrió en tal calle, o tal dirigente político no dijo exactamente eso que el medio reprodujo. Desde hace unos 4 o 5 años se ha empezado a cuestionar que se fotografíen los rostros y los cuerpos de los accidentados en la vía pública; lamentablemente la accidentología es el tipo de “noticias” más cubiertas por los medios locales: el público las lee porque le son ofrecidas; pero que nadie se deje engañar con el lema de si está primero el “huevo o la gallina”. Muchos internautas pueden ver cómo los medios intercalan notas en que la oposición critica al oficialismo y las buenas acciones de los intendentes. A una nota de la inauguración de una plaza le sigue una en la que un opositor dice que la gestión municipal es un desastre. Pero el medio local no editorializa: basa esta última nota en un textual. Los medios locales de ciudades como las nuestras dependen en gran medida para sustentarse económicamente de la pauta oficial. Suelen tener columnas de opinión, pero fungen como meros dadores de espacios a múltiples voces. Ningún medio local se dice de derecha, de izquierda, progresista, massista, kirchnerista, macrista. La pauta oficial atenúa la línea editorial: las críticas las relevan a los dirigentes opositores.

Frente a este panorama desolador es que la Educación en Medios se torna imprescindible. Ella nació como una disciplina en Inglaterra en los años 70. Más específicamente, tal como informa Patricia Nigro (2008), en el British Film Institute, que preocupado frente a la penetración de películas yankis y la disminución considerable de la venta de tickets para el cine nacional, decidió impartir cursos de formación y capacitación audiovisual para que los jóvenes pudieran diferenciar una película pochoclera de una artística y comprender la importancia de la transmisión de la idiosincrasia cultural a partir de los films nacionales. La estrategia de lectura crítica se extendió al resto de Europa y a otra área: el periodismo. Es necesario y fundamental que los ciudadanos sepan leer las noticias críticamente, que puedan ver quiénes son sus emisores, qué intereses están en juego, qué tipos de Otredades los medios construyen (“todos los empleados estatales son ñoquis”, por ejemplo), qué imaginarios socioculturales despliegan, qué temas de discusión imponen como agenda. Frente a esto surge otra pregunta: ¿si la escuela es un Aparato Ideológico del Estado, puede ella impartir la Educación en Medios? Una respuesta posible es depende qué Estado, o qué partido político detente el poder del Estado. Cristina Kirchner sancionó una Ley de Medios que no pudo aplicarse en su totalidad. Apenas asumió, Macri derogó los artículos que obligaban a Clarín a desconcentrarse. El flamante candidato Alberto Fernández insiste en que no está de acuerdo con leyes regulatorias de medios. ¿Por qué los manuales de Lengua y Literatura siguen definiendo a la noticia como un espejo de la realidad?: pensemos quiénes los imprimen. ¿Por qué el nuevo Plan de Estudios de Lengua y Literatura desarrollado por Vidal no incluye al texto periodístico como objeto de estudio en ninguna de las materias obligatorias de la cursada? ¿Podría solucionarse una parte del problema con la creación de Observatorios de Medios, ONGs y redes de quinto poder (y en relación con esto: ¿no tendría que conformarse un sexto poder para controlar a un quinto y un séptimo para contrarrestar a su anterior y así indefinidamente en tanto todos los medios tienen intereses?). El problema es amplio, es sociocultural y político, y hay más preguntas que respuestas, lo cual constituye un desafío para las Teorías del Periodismo, que tratan de explicar estos fenómenos.

Por ahora, en la Argentina al menos, lo que se ve es lo siguiente: como no hay una política pública educativa seria y no partidaria de Educación en Medios, como propone la ONU (¿habría que darle crédito a la ONU?), ella queda librada a la conciencia crítica de docentes aislados que desean que sus alumnos sean lectores responsables y aborden críticamente la realidad que los medios construyen.

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