Dos Cristinas por dos Evitas

Las dos muñecas, de César Aira,

el mejor cuento antiperonista

 

por Leonardo Maldonado

 

 I

 

En el ensayo "La prosa plebeya" (revista Anfibia, 17/10/2016), Rodolfo Edwards plantea, en primer lugar, que mientras la literatura argentina tiene un problema con el peronismo, el partido peronista no tiene problema con ella (sus problemas son otros, afirma), y en segundo término, se pregunta si existe, o si podría existir, una literatura peronista que funcionara como contrapartida de la antiperonista (una que acompañara a algunos ensayistas e historiadores y a Leopoldo Marechal).

Es una evidencia que escribir a favor de cualquier movimiento político es más difícil que escribir en contra: la caída en el panfleto y en el didactismo constituyen los primeros riesgos. El realismo socialista puede dar fe (¡con el perdón de la expresión!), de esto. Cómo escribir para sostener y apoyar la revolución rusa se convirtió en un gran problema, que no sólo era literario sino fundamentalmente político. La Cuba de Fidel de los años 60 no impuso en principio a sus artistas los fundamentalismos didácticos de la estética estalinista. Una lección es tal si es (medianamente) aprendida.

Edwards, como no podía ser de otro modo, sitúa el acto inaugural de la literatura antiperonista en las plumas de Jorge Luis Borges y de Adolfo Bioy Casares y califica (con razón, por cierto) a La fiesta del monstruo (1947) como un texto destituyente. Es un cuento pobre, maniqueo; el injerto del cocoliche es incomprensible. Bajo seudónimo, los autores designan al peronismo como la barbarie, el vandalismo político, lo irracional, lo fanático, lo demencial, lo irracional, lo enemigo, lo Otro. Borges aceptó que escribió ese cuento con odio. Cuando el escritor argentino-que-no-ganó-el-premio-Nobel publicó El simulacro (1960) quedaron instituidas las dos líneas fundamentales de la literatura antiperonista: la otredad y el artificio. Esta última línea ya había sido explicitada por Borges, aunque no en forma de relato, en el famoso artículo aparecido en la revista Sur (nº 237, 1955), L´ilussion comique, donde trata a Perón de dictador, piensa al peronismo como una farsa y una gran puesta en escena, y apoya de modo contundente a los militares de la denominada revolución Libertadora. La publicación de ese artículo lo llevó a una riña intelectual con uno de sus colegas, Mario Sábato (también antiperonista), que había publicado en ese mismo ejemplar de la revista de Victoria Ocampo un escrito personal en el que lamentaba el golpe de Estado del 14 de septiembre. Los escritores no se hablaron durante 20 años. 

En su ensayo, Edwards repasa los principales hitos de la literatura antiperonista y cuando llega a César Aira, en referencia a Las dos muñecas (1995), plantea que el autor recoge la tradición del simulacro borgeano (el peronismo entendido como una gran puesta en escena, es decir, como una mentira que se desarrolla en un escenario ante un público pasivo) y que inaugura una representación de Evita como bestia pop. Coincidimos aquí con su primera aseveración pero no así con la segunda: quien inaugura la representación de Evita como bestia pop es Néstor Perlongher en Evita vive (1975). En esos tres cuentos pornográficos e hilarantes, que fueron primero publicados en inglés como Evita lives, el autor imagina a una Eva que baja del cielo a la tierra y visita a putas y a travestis (¡el relato de la fellatio al Negro es delirante!), se acuesta con quien se cruza en su camino, se enfrenta a la yuta haciendo gala de su nombre, y en vez de bicicletas, máquinas de coser y dentaduras postizas ahora reparte marihuana a los sectores marginales. Una Evita-dealer: una genialidad.

Junto con Copi (Raúl Damonte Botana, tal su nombre), que escribió la obra de teatro Eva Perón (1969) pensando que el rol de Evita debía ser interpretado por un actor (¿no era lógico después de todo?: ¿no la trataban acaso de marimacho, no decían que tenía más huevos que Perón?), inauguran una Evita queer. Los tres cuentos de Evita vive son los tres mejores cuentos peronistas de la literatura argentina hasta ahora: sólo alguien que no pudiera comprender las categorías de lo pop, lo porno y lo queer podría plantear que son tres relatos antiperonistas. Separemos la paja del trigo, por favor. Lo que lamenta Edwards es que al día de hoy, la épica que el peronismo inauguró el 17 de octubre de 1945 no tiene su correlato en las letras: nadie ha escrito aún una épica literaria peronista.


Edwards tampoco acierta cuando afirma que el peronismo no tiene problemas con la literatura antiperonista: cuando el diario El Porteño (1989) publicó por primera vez en el país Evita vive, los dirigentes peronistas mandaron a comprar todos los ejemplares posibles para que no quedara ninguno disponible en los kioskos de la metrópoli. Copi estrenó su obra en París, el 2 de mayo de 1970 en un pequeño teatro dedicado al montaje de obras exprimentales. El director fue Alfredo Arias y el actor Facundo Bo se puso en la piel de la ex primera dama. Cuando el año pasado se estrenó en el Teatro Cervantes una versión con el chileno Benjamin Vicuña en el rol de Evita, varios dirigentes peronistas pusieron el grito en el cielo. Pablo Moyano escribió que "esta Eva se acerca más a aquella que describían los mismos que escribieron de su puño y sin vergüenza “Viva el cáncer", y Juan Pablo Brey, del sindicato de aeronavegantes, expresó que esta "imagen irreal deshonra el recuerdo de Evita".

La ex presidenta Cristina Kirchner, en su libro Sinceramente (2018), sin mencionar la controversial pieza ni el hecho de que Evita es interpretada por un hombre (¡es imposible que ella ignore de qué obra se trata!), narra como al pasar (p. 157):

El otro día, me contaron que en una obra de teatro sobre Evita el autor describía al personaje de la madre de Eva como una mujer obsesionada, que le rogaba a su hija, en su lecho de muerte, que por favor le dijera cuál era el número de la cuenta en Suiza, donde supuestamente tenían las joyas y la fortuna que se habrían robado ella y Perón. Sí, así como se lee. ¡Dios mío, cuánta perversidad!

Menos mal que ningún otro íntimo amigo o colaborador le comentó al pasar o le leyó alguna que otra oración porno de las que pululan en la prosa de Perlongher. No le pidamos a Cristina que entienda de arte, de todos modos, lo suyo es la política (ya sabemos que la única mujer argentina que sabe de todo, es decir, de política, de arte, de teología, de fútbol, de cultura popular, de sociología y de electromecánica, es la ensayista Beatriz Sarlo). Por otro lado, cuando el libro salió calentito de la imprenta, ningún medio divulgó este párrafo como adelanto ni en sus páginas impresas ni en sus ediciones on-line. El escritor Marcelo Figueras, presentador oficial de Sinceramente a lo largo y ancho del país, no le preguntó a Cristina por estas dos oraciones, al menos hasta hoy (17 de octubre de 2019: ¡qué fecha para escribir sobre el mejor relato antiperonista argentino!)

Si bien es cierto, como dice Edwards, que al peronismo le preocupan otras cosas, más urgentes y necesarias para el bienestar del pueblo argentino (la justicia social, el desendeudamiento, la industrialización, la intervención estatal, la reafirmación del consumo, la soberanía nacional), es evidente que la literatura antiperonista no le es indiferente. Los vulgares imaginarios socioculturales antiperonistas se arraigan muy fácilmente en las clases medias urbanas. Son los lugares comunes que hoy enfatiza el periodismo de derecha: los choripanes, la mafia sindical, el dictador, los planes sociales, las patas en la fuente, los colectivos que llevan a los salvajes a la Plaza de Mayo. Para terminar con Edwards, diremos que su ensayo queda trunco porque no termina de desarrollar su segunda tesis. Hacia el final, menciona dos textos que podrían ser de filiación peronista: El campito (2009), de Juan Diego Incardona, y Choripán social (2011), de Sebastián Pandonfelli, aún cuando trabajen desde la parodia. No sólo no los analiza sino que ni siquiera da cuenta de sus tramas. Tampoco menciona a Hombre de Cristina (2013), de Washington Cucurto, que pese a sus ambivalencias político-poéticas (si no las tuviera caería en la cárcel del didactismo) no es decididamente antikirchnerista. Es genial el verso en que Cucurto exige una plan social para poetas.

 

II

 

En este apartado sostendremos tres tesis y desarrollaremos las dos segundas. Si Evita vive es hasta ahora el mejor cuento peronista de la literatura nacional (primera tesis), Las dos muñecas, escrito por César Aira en 1995, es decir en pleno menemismo (¿no fue acaso el menemismo una gran puesta en escena, una farsa de los pilares del primer peronismo, que se desarrolló ante un público pasivo que se dejó engañar y que votó al caudillo riojano dos veces?), es hasta el momento el mejor cuento antiperonista argentino (segunda tesis).

Aira nació en Coronel Pringles en 1949 y ha escrito prolíficamente: cuentos, novelas, nouvelles, ensayos, críticas, traducciones. Desde hace años, los suplementos literarios de los diarios hegemónicos nacionales destacan que tiene posibilidades de ganar el primer Nobel de literatura para el país. O al menos es lo que desean. A la Academia Sueca le bastaría leer este cuento para otorgárselo, y si de hecho lo hubiera hecho este año, hace unos días nomás, y lo hubiera preferido al austríaco Peter Handke, se hubiera ahorrado un dolor de cabeza.

Hace unos años, Aira dijo que prefería no dar entrevistas a medios argentinos porque considera que tergiversan sus palabras o le preguntan sobre política, de la que no quiere opinar. En septiembre de 2016, en el Festival Internacional de Literatura de Berlín, fue tan taxativo como polémico:

Creo que la política no sirve para nada. Lo que cambia la vida de la gente es la historia y la política lo que más hace es impedir el curso de la historia. Lo mismo sucede en literatura. Los escritores tampoco servimos para nada, no se debería tomarnos tan en serio. Para mí lo más importante en el mundo literario es la invención, no el activismo, y es lo que menos se hace hoy día en la literatura.


Es extraño que Aira no pueda unir la política con la historia. Las dos muñecas es un relato breve y potente. La historia es simple pero ingeniosa, podría decir Borges. Como no da abasto con sus actividades proselitistas, Evita manda a construir a especialistas alemanes (la conexión con el nazismo no podía estar ausente) dos muñecas idénticas a ella para que la sustituyan en determinados actos. Las falsas Evitas deben vestirse como la Señora, tener el mismo rodete y hablar con su mismo lenguaje (se sabe que el lenguaje de los robots es pobre). Todo va bien hasta que un día, por un error protocolar que la historia mantendrá para siempre como secreto de Estado (¡y que Aira revela con entusiasmo!), en un acto coinciden las dos Evitas en el palco:

Sucedió en una de esas ceremonias, entre grotescas y conmovedoras, típicamente peronistas, que tenían lugar casi todos los días en alguno de los barrios populares del Gran Buenos Aires.

Tan enfervorizados están los peronistas frente a Ella que no se dan cuenta de la duplicación. Sólo ellas lo hacen: se miran con un dejo de tristeza. Es un relato a la ilussion comique borgeana que representa al peronismo como un gran trompe l´oeil, como un fabuloso engaño:

Como sucedía siempre que se presentaba, nadie podía creerlo del todo. La tenían tan presente, todos los días... Su realidad en cierto modo distorsionaba la realidad, y fue por eso que nadie se dio cuenta que había dos.

Es realmente fantástica, la prosa de Aira. Y su idea. La semántica peronista se amotina hacia el final del cuento porque allí tiene lugar el clímax: el barrio, los bombos, el parque sindical, la marchita, el pueblo, los pañuelos, las gargantas, el palco. Esa semántica peronista está sellada, justificada, en la frase más bella, irónica, audaz y filosófica del relato:

Una característica del peronismo fue que no se propuso dominar el mundo, sino sólo la Argentina. Eso bastó para hacer de la Argentina un mundo: el mundo peronista.

El bonapartismo de Perón fue limitado pero inteligente, pareciera. Al final, todos terminan llorando: por un lado, las Evitas porque se conocen una a la otra, por no saberse únicas y por saberse perfectas, narcisistas y monótonas, y por otro, los fanáticos peronistas que la alaban irracionalmente, que la agigantan con sus miradas, que la aman, que no se dan cuenta siquiera que está duplicada en el estrado. El peronismo es pasión pura, anula todos los sentidos y, obviamente, desde ya, toda capacidad de raciocinio. El cuento cierra con una fuerte acusación a la inmadurez del pueblo argentino, que evidentemente no entiende de política:

Era la infancia de la Argentina, la edad de los juguetes.

Muchos periodistas, historiadores, sociólogos y politólogos argentinos coinciden en que el kirchnerismo se parió en 2008 luego de la crisis con las patronales agrarias y con la guerra que el grupo Clarín le declaró al matrimonio presidencial debido a la promulgación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que lo obligaba a la desconcentración. Se consolidó como movimiento, como ideario, como imaginario sociocultural y político, como fractura social e irrupción radical como un nosotros popular frente a la oligarquía y la derecha tradicional argentina (un populismo a lo Laclau). Nació la militancia kirchnerista. Se construyó La Cámpora, y su fantasma. Cristina comenzó a hablar a los militantes en el Patio de las Palmeras de la Casa Rosada. Cristina hablaba incansablemente por cadena nacional y le cortaba la novela a los ciudadanos pequeñoburgueses de la capital. Cristina se la pasaba inaugurando fábricas y plantas industriales. Cristina se comunicaba, en esas interminables e innecesarias cadenas, con gobernadores, intendentes y personas de a pie vía teleconferencia, vía skype. Cristina era ubicua y estaba hasta en la sopa de todas las casas argentinas. Cristina ofrecía un espectáculo. Cristina, dijo Adrián Suar, era una actriz frustrada. Comenzó entonces la previsible lluvia del imaginario anti: se embarazan por un plan social, el doble comando de la yegua, se robaron todo.

 


 

Desde 2010, entonces, permitamos que la criatura cumpla sus primeros dos añitos de vida, y esta es la tercera hipótesis, el cuento antiperonista de Aira podría convertirse en un cuento antikirchnerista. Es más, en el mejor cuento antikirchnerista. Bastaría realizar un sencillo juego literario: cambiar un nombre propio. Probemos la sustitución y veamos si funciona y si encaja perfecto en el imaginario anti:

Cristina tenía dos muñecas "Cristina" de tamaño real, que había mandado a hacer especialmente, idénticas a ella y entre sí. Las necesitaba por la cantidad de actos a los que debía asistir, en razón de la importancia que tenía su figura en el ritual peronista.

En la segunda oración del cuento surge la primera duda. ¿Habría que escribir kirchnerista en vez de peronista? Cristina siempre se declaró peronista. Sus actos multitudinarios son del orden del ritual peronista. En 2015, cuando la pesadilla macrista se nacionalizó, no hubo un funcionario del gobierno, desde el propio presidente hasta cualquier legislador municipal, que no expresara que había que pagar la fiesta de los doce años kirchneristas, que habíamos vivido una ilusión, que no pagábamos el costo real de los servicios, que nos habíamos acostumbrado a ir al cine y a restaurantes los fines de semana, que no éramos Alemania, que para ver el fútbol había que pagar, que el cepo no permitía comprar dólares para viajar a Punta del Este, que los desaparecidos no habían sido 30.000.

Si la sustitución del nombre propio puede realizarse es porque, por un lado, el kirchnerismo es una reactualización, o mejor, una reescritura del primer peronismo, ese de la justicia social (no el peronismo de derecha del menemato), y por otro por la existencia de Cristina, por su condición de líder, porque se constituyó, al igual que la primera mujer de Perón, en el blanco de amores y odios fervorosos. Estos últimos tanto para la sectores de la izquierda como de la derecha.

Para una parte de la izquierda, el kichnerismo cooptó a la ciudadanía y a los organismos de DDHH (las Madres y las Abuelas son tan tontas que se dejan engañar y/o seducir por cualquier encantador de serpientes). La derecha piensa lo mismo en ese sentido, sólo le agrega el condimento del fanatismo. Para ambos, el kirchnerismo fue (o sigue siendo) la infancia de la política. Los militantes kirchneristas que le piden selfies a Cristina y que la escuchan en cada acto están ciegos, no pueden ver el engaño. Juguemos un párrafo más con el bello cuento de Aira:

¡Y de pronto la anunciaron! ¡Ya estaba aquí! Un grito unánime salió de las gargantas y miles de pañuelos se agitaron. "Cristina" había aparecido en el estrado, más hermosa que los sueños donde vivía, más real que la esperanza.

Los escritores argentinos de la derecha de hoy (muchos de ellos muy virulentos en sus escritos de las redes sociales) no podrían llevar a cabo la simple sustitución que aquí proponenmos, no les sería suficiente. Para hablar de Cristina necesitan el didactismo y el odio de Borges. La operación podría hacerla el propio Aira: esto sería una reescritura perfecta, hecha por el propio dios. Si lo hiciera otro escritor, el acto escriturario sería hereje, y por lo tanto inauguraría una Historia Universal de la Infamia Peronista.

 

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