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Había una vez un pueblo...

(Campana y el coronavirus)

por Leonardo Maldonado

 

Ya no puede decirse con cierta seriedad, como hace treinta o cincuenta años, que en Campana se conoce todo el mundo. Ya somos muchos. Me pregunto si el crecimiento demográfico, el envejecimiento de la población, la inseguridad, la llegada de franquicias gastronómicas y comerciales, las palmeras de la ex avenida Rivadavia, la ausencia de los corsos de la Ameghino, la desidia sobre el patrimonio arquitectónico, el levantamiento de las unidades penitenciarias, la inauguración del bolishopping en los 90, la vuelta al perro por la Roca los sábados por la noche, los bocinazos de los viernes a los recién casados, los barrios obreros en los alrededores de Ariel del Plata, y otros tantos etcéteras socioculturales imposibles de enumerar, han cambiado, o lo están haciendo, o en qué medida, la idiosincrasia (si es que ella tuviera alguna) de la ciudad. Las sociedades pueden ser conservadoras y dinámicas a un tiempo. Mutan. Como los virus.

Campana es una ciudad puerto. Una ciudad pueblo. ¿O era? Es la ciudad-pueblo de las diagonales (¡los zarateños se pierden!: ¡qué gracia!). Es la ciudad que estuvo a punto de ser la capital de la provincia (Honor de los honores). Es, o era, la ciudad fantasma de los domingos a la siesta (y de los lunes y de los martes...). Hay plata, en Campana, ciudad próspera,  polo industrial (contaminante). Es la ciudad chisme, la Boquita pintada del Paraná. Es la ciudad de la hipocresía y de las apariencias: las medialunas son de tal confitería, al cine vamos a Pilar, mi hijo más chico va al secundario más caro y el más grande estudia medicina en el departamento que le compramos en Santa Fe y Pueyrredón, al caniche le corta el pelo el veterinario Costa-Poronga. La Yegua peronista inundó el país, y Campana en particular, de autos cero kilómetros: hay que ser guapo, guapa y/o guape (¡aquí también festejamos las diversidades!, ¿seguro?), para cruzar la plaza central a las cinco de la tarde. 

Pensé, con respecto a la pandemia que afecta al mundo: ¡qué fácil va a ser sitiarse en esta ciudad (¿de mierda?)! Si cuando estábamos en dictadura se decía aquí que estábamos aislados, que éramos inmunes al terrorismo de Estado, que nadie hacía nada malo en Campana, que nadie se metía en cosas raras, que ningún terrorista ponía bombas... (historiadores locales han demostrado la existencia de centros clandestinos, han listado las desapariciones, los militantes locales de DDHH mantienen viva la Memoria). Me equivoqué. Evidentemente tengo la imagen y la concepción de una Campana que ya no existe. Ya no salgo tanto, o casi nada, voy del trabajo a casa y de casa al trabajo (¡no hacen esto todos los obreros de Campana y el fin de semana se van a pasear al shopping de Tortugas!).

 


 

Al ver en YouTube las imágenes de los italianos confinados en sus departamentos cantando de balcón a balcón, me pregunto: ¿qué canciones escucharemos en los balcones de Buenos Aires? (en Campana, a la capital le decimos Buenos Aires). Charly García, Fito, Soda, el Indio, Patricia Sosa, Pimpinela, el Himno, Mercedes Sosa, ¿Virus?, Valeria Lynch, Los abuelos de la nada. El repertorio podría ser amplísimo. ¿Qué cantaríamos en Campana de patio a patio? (acá en el pueblo tenemos espacio, no vivimos hacinados). ¿Nos conoceremos mejor con el vecino que tenemos de contacto en Facebook? Lo dicen todos los especialistas: el virus va a circular en algún momento. Y Campana no va a ser la excepción.

Ayer a la tarde, durante el primer día de aislamiento social exigido por el gobierno nacional, el centro de Campana parecía Callao y Corrientes (de Buenos Aires, claro). No es una novedad, hace años ya que los cafés, los bares, los restaurantes, las heladerías y las cervecerías de moda (aquí también la moda existe) explotan de gentes. Me alegra. Recuerdo la ciudad fantasma cultural que era Campana cuando era adolescente y aún me dan ganas de llorar. Huí. Viví 16 años en capital (aprendí a decir capital y galletitas). Volví. ¿Cómo se hace para hablar de una ciudad que se odia y se ama a un tiempo? Me es fácil escribir: amo París, pero con Campana... Hace un verano, la ciudad se vio sacudida, cual terremoto, por un cuento cuyo tema, la necrofilia, indignó moralmente a nuestros vecinos. Hoy nadie se acuerda, por supuesto, de esa vana controversia literaria. Hoy nos azota la peste. Una que no tiene un color que la identifique (me acuerdo perfectamente de los rumores y de los silencios y de los ahhhh y de las sorpresas y de los silencios de la primera muerte por sida: sí, el sida también llegó a Campana). En estos días no todos los campanenses cumplen con el aislamiento social dictaminado por Presidencia. Se dice que Shakespeare escribió Macbeth durante la peste negra que asoló a Londres. No pidamos tanto, los indios nativos campanenses.

 


 

Se dice que los medios buscan la primicia, que quieren la foto (aún cuando hoy la noción de primicia por foto no tenga sentido debido a la cantidad de fotografías que circulan en la web). La foto siempre impacta. Por su nivel de iconicidad conmueve, indigna, causa empatía, horroriza. Ningún medio local hizo lo que en la jerga periodística se llama, en tiempos de catástrofe, "la recorrida". Y eso que muchos se han profesionalizado (a veces el uso del gerundio, de todos modos...) y han surgido varios nuevos al calor de la ola digital. Y eso que "la recorrida" en el marco de un siniestro es una condición de noticiabilidad.  ¿Basta con copiar y pegar las gacetillas municipales, sean estas de Cultura o de Salud? Por el primer caso es que inauguré este medio, que no puedo sostener con regularidad ni se convirtió en lo que imaginé. No contar con publicidad oficial y comercial tiene su precio. Pero te brinda otras libertades.

No digo que los medios tendrían que haber "escrachado" a los comensales y paseadores de las 19 hs del día de ayer (Día 1 del aislamiento) en el centro de la city campanense/campanera. Es el eterno dilema del periodismo, en definitiva, la autocensura comercial. Claro, si me auspicia tal restaurant, ¡cómo voy a publicar la foto del boliche (aquí le seguimos diciendo así a los locales gastronómicos) repleto de gente el primer día de la cuarentena! Hoy con el photoshop se pueden blurear los rostros. Un buen fotógrafo tiene mil formas de encuadrar una porción del espacio. También existen las redes, es cierto: hoy cualquiera es un periodista en potencia, dice Ramonet. La foto de los veraneantes de Monte Hermoso causó indignación nacional. Podría no haber habido foto pero sí un párrafo escrito. Quizás los medios estén esperando una indignada Carta de Lectores, es una posibilidad de publicar lo que se piensa en boca de otro pero sin la firma responsable.

Los comercios tienen que trabajar. Producir. Sus empleados tienen que cobrar un sueldo. El capitalismo no le teme a las pestes; no pocos empresarios en estas circunstancias deben estar ganando fortuna. ¿Se puede parar el mundo si lo que está en riesgo es la vida? (el fin de semana los campanenses arrasaron las góndolas de los supermercados). Hay un solo bar-café-restaurant en Campana que cumple con la ley dictaminada por el gobierno. Está en pleno centro, frente a la Plaza Eduardo Costa, no sé si lo conocen. Se llama "Pedro Páramo" y ofrece exquisiteces mexicanas picantes. Muy picantes. Sólo utilizan 5 del total de las 25 mesas con las que cuenta. Cuando ellas se llenan (todas están provistas de alcohol en gel), el mozo, que de tan pálido parece muerto, le dice a los que pretenden convertirse en sus comensales que si están tan desesperados por tomar un café con torta con chile con pozole con enchiladas y con tacos, que esperen en el auto con sus barbijos puestos hasta que una de las mesas se desocupe. Podrían regresar mañana, les comunica, aquí damos turnos, como en las guardias de las clínicas. Le podemos tomar su número celular (¡realizan llamados incluso a aquellos móviles que no empiezan con 03489!) y lo contactamos para el próximo fin de semana, les propone. "Una vez que se muere", les advierte, "ya no se siente hambre, sino mire Coco, de Pixar-Disney".

 


 

Ayer a las cinco de la tarde, la calesita de la Plaza Italia estaba abierta. Pero no había nadie. Ni en ella ni en la Plaza. Es justo decirlo. Que no paguen justos por pecadores, como se dice habitualmente. ¿Será que los que son padres tienen más conciencia, o cierto miedo, por la extensión de la pandemia? Ayer se suspendieron las clases en todas las escuelas del país, y por ende en Campana. Los institutos terciarios suspendieron mesas y cancelaron sus cursos introductorios. Muchos comercios redujeron sus horarios de atención. Y muchos campanenses/campaneros son responsables y están cuidándose a ellos y a otros y otres. Algunos se han ofrecido en las redes para hacerles las compras a las personas en riesgos. Los músicos y teatristas han suspendido funciones. Es banal, es cursi, es abyecto, decir que hay de todo en la viña del Señor. ¿No están viendo, los paseantes, las curvas que muestran los noticieros y las redes con las consecuencias que implica el no cumplir el aislamiento social? Estamos en otoño, acá no llega, no pasa nada, Campana está lejos, soy fuerte, que se cuiden los otros, Campana es otro mundo. Van sólo 65 casos. Hoy llueve, qué se yo, a lo mejor en el Día 2 circule menos gente. A lo mejor se esté generando más conciencia. ¿Cuántos italianos "forjaron" Campana? Es claro que el incumplimiento del aislamiento social no ocurre sólo en esta bendita ciudad. Mientras escribo esto, el Intendente toma medidas ampliatorias de aislamiento social (cierre de comercios, deliverys, horarios, etc., todos muy atinados) mediante el decreto 139, que ya circula por whatsapp. 

Me pregunto si algún vecino le romperá la cara a otro, como ocurrió en Vicente López, si este realizara la denuncia por la falta de aislamiento social. Parece nomás que tendremos que esperar el toque de queda. ¿Basta con que el Municipio adhiera a los protocolos nacionales o debiera realizar los controles pertinentes de aislamiento social? Siempre pensé que a la gente de Campana le gustaba seguir las reglas. No se trata de generar pánico ni de ser apocalíptico. Dejemos el apocalipsis para la literatura. Quizás algún día, en un futuro próximo, algún escritor o payador local escriba la historia de nuestra amada y odiada ciudad-pueblo. Podría ser un cuento de hadas. En este tipo de cuentos, si se lo piensa y mira bien, siempre ocurre una desgracia. Empezaría de modo clásico, la narración: Había una vez... un hermoso pueblo llamado Campana...

#Coronavirus #idiosincrasia Campana