créditos producción fotográfica: Alexis Maldonado 

Jacqui siempre baila

Jacqueline Valdez es profesora de danza jazz. Nació en Campana en 1984, participó de varios espectáculos, se perfeccionó con notables maestros, y ahora lanza en Campana su propia escuela: Studio Jazz.

Entrevista por Leonardo Maldonado

¿Cómo te acercaste a la danza, cuándo comenzaste a bailar?

Arranqué de muy chica, a los cuatro años, gracias a mamá que me llevó a mi primera clase con la profesora Nilda Caballero. En ese momento ella enseñaba danza clásica y española. Así que tuve mis primeras zapatillas, mis primeros vestidos, mi primera muestra de fin de año.

¿Cómo continuó tu formación?

Estudié con Nilda unos seis o siete años y después decidí ir a un grupo de comedia musical, Nuestros sueños cumplidos, de Cristian y Alfredo Naibert. Con ellos hice El jorobado de París y Aladín.  La comedia musical tiene canto, danza y actuación. Es teatro. Te permite otra manera de expresarte con el cuerpo. Después estudié con Hernán Casanova. Fui seleccionada para formar parte de su elenco y hacíamos el Café Concert. Hernán tenía ese plus de hacer show, entonces lo que había aprendido en comedia musical me sirvió un montón. Con él bailamos en la calle Corrientes, a una cuadra del Obelisco, en el Teatro Variedades, con Pablo Rey, un transformista que trabajó mucho en Brasil. Fue una experiencia increíble.

Sos especialista en danza jazz. ¿Por qué elegiste esta variedad?

Después de esa experiencia con Hernán, decido que la danza es definitivamente lo mío, y empiezo a tomar clases en capital con dos grandes referentes de la danza jazz: Noemí Coehlo y Rodolfo Olguín. Ellos trabajan el estilo modern jazz. La danza jazz surge en los años 50 con una raíz africana y con el paso del tiempo se ramifica y surgen otros estilos, como el jazz contemporáneo, el punk jazz, el jazz fusión, y el Broadway jazz, que es el estilo que se baila en las comedias musicales de Broadway, y es el que yo decido estudiar. Lo digo y se me eriza la piel porque es una pasión… Y después encontré a mi maestro: Manuel Vallejos. Es profesor titular de la cátedra de danza jazz del UNA (Universidad Nacional de las Artes), el ex IUNA. Me recibí de profesora de danza jazz en Artes del Movimiento, en 2016, una escuela de Escobar, bajo su aprobación. Me acercó a él Nancy Barbagelatta, la directora de esta escuela, que también fue alumna de él. Ningún bailarín puede no amar a este maestro.


ejercitando en barra

En marzo de este año te perfeccionaste en Nueva York.

Siempre busqué más. Lo que veía en el Colón, en los teatros de calle Corrientes… me faltaba algo. Más técnica. Hay un cuerpo de baile, viene un coreógrafo, crea una coreografía y uno la asimila y la hace. En el Bailando por un sueño, sin ir más lejos, por ejemplo, hay gente que nunca bailó en su vida y sigue una coreo, pero no tiene técnica. Y yo quería más, y sabía cuáles eran las dos mejores escuelas de mi estilo, había visto videos en YouTube, entrevistas a bailarines, y entonces con una amiga proyectamos el viaje. En 2016 dijimos: en 2018 nos vamos a Nueva York a tomar clases. Era nuestro sueño. Nunca lo tomamos como un viaje de placer sino como un viaje de perfeccionamiento neto.

A qué academias fueron y cómo fue la modalidad de trabajo y la experiencia.

Una se llama Broadway Dance Center y la otra Steps on Broadway. Una clase tiene una entrada en calor, un trabajo en técnica, un trabajo en diagonal, donde se hacen saltos, giros y piruetas, y una secuencia coreográfica.  Las clases con mi maestro en capital tienen la misma estructura. Cada clase que tomaba era como una función. No una función para un público, sino para nosotros. Allá se trabaja mucho por niveles. Tenés el principiante, y dentro de esa categoría principiante principiante, principiante intermedio y principiante avanzado. Y así con intermedio y con avanzado.

¿Y en qué nivel tomaste clases?

Como lanzada que soy, en avanzado. (Risas).

¿Te tomaron prueba de nivelación?

No. Cada uno sabe en qué nivel está, ellos no chequean. Si tomás en avanzado y no estás preparado, seguramente vas a terminar abandonando la clase.


estudiando en New York

con Deby Rosh

¿Cuál es el costo promedio de una clase?

Veinte dólares. Una hora y media. Vas en el día, te anotás y tomás la clase. Tomé 25 clases en quince días. Es un montón, me re cansé. A la noche me temblaban las piernas. Pero valió la pena. Tomé clases con Sheila Barker, Deby Rosh y John Leggio, que son re grosos, los mejores, apasionados. También tomé cursos de danza contemporánea y de theater dance.

Imagino que muchos de los asistentes son bailarines de los musicales.

Me pasó algo re loco. En una clase de Rosh tenía al lado una bailarina alta, linda, divina, a la que después veo bailando en el teatro, en Chicago. Fui a las escuelas donde bailan los bailarines de los musicales. Los musicales toman casting en esas escuelas.

¿Cómo fue conocer Broadway, Times Square?, ¿qué sentiste?

Fue ver la película en vivo. Impresionante. Una de las cosas que hice como viaje de estudio fue la visita guiada al Radio City. Pisé su escenario, visité los camarines, vi a las Rockettes. Ese teatro tiene un cuerpo de 40 bailarinas que son todas iguales y bailan increíblemente al mismo tiempo, las Rockettes. Tengo adoración por los teatros. Del más chiquito que tiene 5 butacas hasta el Colón. Todos tienen la misma importancia. Es algo mágico.


¿Sentís que te falta la arista del canto o sólo te interesa el baile?

Me interesa el cuerpo de baile. El canto es algo que sumaría, pero no es algo que necesito. Siempre hago seminarios y trato de complementar. Hice teatro con Dora Baret, tomé clases con Gustavo Wons, en el San Martín con Margarita Fernández. Todo suma. Y Buenos Aires no tiene nada que envidiarle a Nueva York en cuanto a los maestros. Por eso cuando viajás, si vas preparado, no sentís diferencias.

Llegaste del viaje y empezaste con el proyecto de armar tu propia escuela en Campana.

Sí, me animé. Enseñé en muchas escuelas, tanto en Zarate como en Campana, y sigo haciéndolo, pero no tenía espacio propio. Le puse Studio Jazz. El viaje me hizo un click y me dije: vamos a probar. Empecé con dos cursos, uno infantil y otro para adultos.

Tuve la oportunidad de ver los musicales que dirigió Juan Manuel Zárate en el Coliseo y me sorprendió mucho la calidad, el profesionalismo. ¿Cómo fue esa experiencia?

Fui a un casting, pasé las tres disciplinas: canto, baile y actuación. Tenía 20 años. Me acuerdo que pegaban las hojas con los nombres de los seleccionados contra la pared, como en las películas. Fue una experiencia hermosa. Trabajábamos todo el año, las puestas estaban muy bien logradas. Estuve cuatro años. Participé en Cats, Hair, Los miserables y El mago de Oz. Ahora, tantos años después, Juan Manuel me llama para que dé clases de danza jazz en su escuela.

Te pasó alguna vez, en alguna muestra o en una obra, perderte en la coreo.

Claro, muchas veces. Es normal. Les pasa a todos los bailarines. Si bien uno ensaya y ensaya, cada vez es diferente y en el vivo puede pasar cualquier cosa. A veces uno está bien, otras mal, y si bien hay que dejar lo personal afuera del escenario, está adentro de uno, en el cuerpo. Te olvidaste un paso pero te acordás el que sigue y continuás.

También realizás coreografías, ¿cómo las pensás?

Primero escucho la forma musical, las frases, los golpes, las octavas, los estribillos, y voy probando con mi cuerpo. Pongo la música fuerte y van surgiendo cosas. Y después voy ordenando lo que hice. Hago las secuencias de ochos. Estudié composición coreográfica con Liliana Couto, que es egresada del Colón.

Como espectadora, ¿qué otro tipo de danza te gusta ver?

(Piensa). Flamenco. Me encanta. Tiene mucho carácter. El baile y las bailarinas.


El entrenamiento en danza es muy estricto, riguroso.

Sí. Me fui llorando de algunas clases. Uno nunca llega a eso que quiere, la perfección, la excelencia. La exigencia es muy alta. Pero si el maestro lo marca es por algo. Los maestros te cuidan, no le quieren hacer mal al cuerpo del alumno.

Es claro que no podés concebir la vida sin la danza.

Para mí la danza es sagrada. En mi vida, es el motor. Cualquier rama relacionada con el arte es buena. Debería ser accesible. Es sanador. Uno se despeja, uno crea, te vuela la cabeza.

¿Cualquiera puede bailar?

Sí: cualquiera puede bailar. Una vez un hombre me contrató para que le enseñara a bailar el vals porque se casaba su hija y tenía miedo de pisarla. (Risas). Se puede bailar, y de cualquier modo. ¿Por qué tengo que bailar el folklore de manera tradicional y no estilizado? Hoy en día está todo muy fusionado.

¿Qué te pasa cuando vas a un casamiento y todos bailan mal o como pueden?

(Risas) Nada. No me fijo. Bailo. Todos bailan. Es como cuando estás con un psicólogo fuera de su trabajo: no te está psicoanalizando.  Uno baila de manera emocional. Me gusta la gente que baila. La danza es placer. La gente que baila es mucho más linda. Bailar es sanador. Pintar es sanador, actuar, escribir... Tengamos más arte, por favor.

 

 

 

 

 

 

 

 

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