créditos: Ariel Bleu 

Uhart: escritura y levitación

por Leonardo Maldonado

“La escritura es una actividad permanente. Es un trabajo. A veces es un placer, a veces trae problemas. Es una artesanía rara, extraña, la escritura”, expresó Hebe Uhart hace unos años, en 2011, en una entrevista para el Ciclo de Directivos del Instituto Nacional de Formación Docente del Ministerio Nacional de Educación. En estos últimos años, la editorial Adriana Hidalgo reeditó algunos de sus libros, entre ellos La elevación de Maruja, su primera nouvelle, que data de 1974. La incluyó en Novelas Reunidas. Uhart nació en Moreno en 1936 y falleció el 11 de octubre, a los 81 años. Fue maestra de escuela y coordinó talleres de escritura durante años. Rodolfo Fogwill, el autor de Los Pichiciegos, la consideró la mejor cuentista argentina.

Nada es estático ni arriba a tal estado en la prosa de Uhart: ni los acontecimientos ni los personajes. Todo es movimiento: una cosa lleva a la otra y así. Escribe muchos etcétera al final de las oraciones, como si no valiera la pena narrar los elementos de la serie o los acontecimientos que siguen. Todo fluye, como en la vida. De allí que no haya rastros de convencionalismos dramáticos: ni acciones tejidas como causa-efecto, ni introducción-nudo-desenlace, ni personajes estereotipados. Un cuento puede comenzar narrando la vida de un personaje y cuando el lector cree que será el actor fundamental del relato, aparece otro que le roba protagonismo.

Por eso el lector no puede proyectar hipótesis respecto de la evolución del relato. De ningún modo puede decir “esto terminará así” o “fulanito acabará muerto”. A veces el relato termina en un episodio banal que no reviste mayor importancia (esto siempre de acuerdo a las convencionalidades del cuento tradicional). No hay finales inesperados ni rimbombantes; tampoco remates retóricos ni vueltas de tuerca –no es casual que en estos últimos años la autora se haya dedicado a la crónica. Se pone en juego el orden de lo inesperado. Pero no es lo inesperado fantástico, como en Cortázar, por ejemplo. Es lo inesperado de la cotidianeidad. En esta novelita, aparece en la vida de Maruja una bailarina famosa que busca una chica para su cuerpo de baile, y entonces sin más Maruja se presenta a la audición. Y como no queda seleccionada, de pura rabia, se va a París con su novio. El motivo por el cual su novio viaja a esa ciudad es hilarante: consigue una beca “para estudiar un aspecto de la semiótica estructural comparada” (p. 40).


Maruja es una joven que desea “elevarse” en la vida pero como no sabe bien cómo –quizás porque tampoco tenga claro qué significa “elevarse”– decide que lo hará en la danza aunque el cuerpo le pese y deba seguir una dieta macrobiótica para adelgazar y no sepa bailar. Obliga a su padrino a que le compre equipo de baile y accesorios y le costee las clases. Baila raro, Maruja. Pero su padrino, que ha enviudado recientemente, la alienta y la protege porque también piensa que es importante elevarse en la vida, en el área que sea –él intenta que los objetos leviten, por ejemplo. Él la aconseja:

“es propio de las personas poco elevadas poner a la gente nombre de animales” (p. 43).

Alejada de toda solemnidad y academicismo, La elevación de Maruja ironiza sobre la dicotomía entre la alta y la baja cultura, las bellas letras y el arte popular. Con humor e ironía trabaja algunos lugares comunes relacionados con esas contraposiciones. Se burla de la intelectualidad porteña, por ejemplo, cuando los amigos del novio de Maruja se reúnen a debatir sobre cuestiones importantes en el famoso café La Paz y ella los cree muy elevados porque conversan sobre películas de Fellini y Antonioni. Se mofa también, Uhart, de los convencionalismos y de los imaginarios socioculturales que han entronado a París como LA CIUDAD a la que concurren los artistas del mundo para estudiar, para perfeccionarse, para consagrarse. ¿A qué otra cosa puede irse a París si no es a "elevarse"? Sin embargo, y pese a sus ansias de elevación:

“Lo primero que llamó la atención a Maruja en París fue la cantidad de gente con perros: una vez en la misma cuadra vio tres, dos hombres y una mujer” (p. 41).

No hace falta ser artista para ser elevado. En algunas de las personas que se cruza, ser elevado parece ser una cualidad inherente a esa persona y no hay explicación. Le sucede con el conserje del hotel de París, que le parece elevado. Elevarse no es lo mismo que hacerse sabio. Elevarse es otra cosa. Si no se es elevado, hay que intentar elevarse. Cuando alguien se enoja con Maruja, comienza a discriminarla o deja de frecuentarla con la excusa consabida: no es lo suficientemente elevada, no se la desea en su círculo de relaciones. Y lo mismo hace ella con aquellos a los que ha superado en grados de elevación. Elevarse no es lo mismo que volverse culto, o sabio. No es fácil, para Maruja, elevarse en la vida. Pero como es lo que más desea, lo intenta una y otra vez.


crédito: CEDOC PERFIL

Cuando Uhart recibió el premio Manuel Rojas 2017 en Chile, galardón que desconocía, en sus palabras de agradecimiento, dijo:

“Un premio apela a la importancia de una persona, en este caso de un escritor, pero un escritor lo que más quiere es escribir bien, lo mejor que pueda. Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien. (…) Katherine Mansfield lo decía un modo delicioso: «Por qué será que cuando un párrafo me sale bien me inflo tanto que el siguiente me sale mal?»”.

Hebe Uhart no buscó fama ni gloria ni ingresar en los círculos de los consagrados de las letras. Fue, como dijo en varias oportunidades, una trabajadora de la escritura, una maestra que escribe. Durante muchos años coordinó talleres de escritura. Ha tenido muchos "alumnos". Le daba placer, dijo en varias oportunidades, leer a otros escritores, hacerles devoluciones de sus textos, e ingresar en sus mundos.

 

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