créditos: Alexis Maldonado 

Un padre diferente

por Leonardo Maldonado

Anoche se presentó en el teatro La Rosa el unipersonal El Hijo eterno, protagonizado por Michel Noher, producido por Jean Pierre Noher, y dirigido por el brasileño Daniel Herz. La obra (adaptada por Bruno Lara) está basada en la novela homónima y autobiográfica de Cristóvão Tezza: el nacimiento de un hijo con síndrome de Down destroza la vida de un joven y promisorio escritor. El autor subraya que la acción transcurre en la década del ochenta, momento en el que el paradigma de la discapacidad (tanto el médico como el sociocultural) era otro. No se hablaba entonces de capacidades diferentes, se hacía hincapié en las limitaciones, en la anormalidad, se escondía a los discapacitados, y se los estigmatizaba ya desde el lenguaje.

“Un hombre distraído, alguien provisorio, tal vez. Alguien que a sus 28 años no empezó a vivir, se ve frente a la mujer embarazada como si sólo ahora entendiese la extensión del hecho: ¡un hijo!”. Estas son las primeras palabras, filosóficas, sensibles, llenas de futuro, que el escritor pronuncia. Tendrá un hijo con la mujer que ama, con la mujer que lo mantiene porque ninguna editorial publica sus novelas. Pero la presencia del síndrome lo desestabiliza, lo trastorna. Este padre primerizo que desea el deceso del niño descubre que su esposa lo aferra a la vida, y viven de manera distinta el resultado de los estudios de la cardiopatía. “Un hijo es la idea de un hijo”, dice el hombre. Siente vergüenza del niño, este padre. Tiene miedos. No sabe cómo llamarlo ni cómo relacionarse ni cómo jugar con él. Siente culpa. Culpa a la esposa, se enoja con Dios aunque no crea mucho en él. Se tortura porque el niño no tendrá un pensamiento abstracto complejo, porque no podrá inventar una metáfora.

La no aceptación del padre hacia el niño se refleja en la voz del escritor, que no habla en primera persona sino en tercera para referirse a sí mismo, para contar su historia. Pone el cuerpo pero no puede hacerse cargo de la propia voz. Le es extraño, Felipe. ¿Pero para qué padre (o madre) no es extraño ese primer hijo que nace? “En la mañana más brutal de su vida”, dice el padre en tercera persona, “comprende que esa relación es para siempre”. El texto de Tezza es potente, salvaje, crudo. ¿Para qué padre (o madre) no es brutal el nacimiento de un hijo? ¿Para qué padre (o madre) las visitas de los familiares o los peluches de regalo durante ese vértigo que le sigue al parto no son “un horror”? La llegada de un hijo es brutal –el adjetivo es irremplazable– para cualquier padre (y madre): la vida cambia radicalmente. Pero la presencia del síndrome rarifica y magnifica las sensaciones.


en pleno Infierno...

La actuación de Michel Noher es impactante. Es puro cuerpo, este padre. Es una puesta de gestos, la de Herz, el director brasileño. Noher es de pronto la mano que enciende un cigarrillo lejos del quirófano mientras la mujer da a luz y luego es la mano que extiende a su esposa después del parto, y enseguida dos manos que quieren ahorcar al hijo, pero también los brazos que esperan el abrazo del niño una vez que se deslice por el tobogán. Es el brazo quebrado de los médicos que le anuncian en lenguaje científico las características del síndrome, es un cuerpo que se desploma cuando su voz anuncia que siente vergüenza de su hijo. Es también, el cuerpo de Noher, las manos despreocupadas de la directora del colegio que se mira las uñas, es el pecho de un hombre que no puede hacer arrancar su auto en una avenida congestionada. Noher es también piernas que corren desesperadas y sin rumbo. Y a veces, muy pocas, una sonrisa.

La puesta en escena prevé un continuo dinamismo. Un dinamismo nervioso, como el que vive el protagonista. Noher va y viene en el escenario, camina de un lado a otro, traslada frenéticamente el único elemento del decorado: una silla. No tiene paz, este padre, no tiene consuelo, no tiene refugio. Está en el Infierno con su pequeña criatura: la sociedad no había construido aún las ideas de diversidad, de pluralidad, de inclusión. Hay dos escenas particularmente brutales: la recepción de la noticia del síndrome y la sesión de estimulación del niño. En la primera, los ojos de Noher se llenan de lágrimas mientras el discurso científico, el palabrerío médico, se vacía de sentido y por eso pierde volumen. En la segunda, enloquecido, este padre no puede dejar de llevar a su hijo a un especialista y a otro para que hable, para que comprenda, para que aprenda, para rehabilitarlo.  


reconocimiento del público

Pero a lo largo de los años el escritor va comprendiendo y sintiendo que ese niño le es necesario, indispensable, que de algún modo lo quiere. ¿Cuántos años le toma comprender que el problema es él? Su hijo tiene talento para la pintura. Y en ella, todas las personas que retrata son felices. El único que no puede ser feliz es él, el padre. Su voz es angustia pura. Su hijo no se corresponde con la idea de hijo que se había formado. Haber querido igualarlo al resto del mundo ha sido un error. ¿Quién es igual a otro en el mundo? El escritor puede comprender que sólo la incertidumbre es la que nos iguala como seres humanos. Y es en ella donde puede declararle a su hijo todo su amor.

 

 

 

#El hijo eterno #Michel Noher #crítica teatral