producción fotográfica: Alexis Maldonado 

 

Luchy: actriz de cuerpo y alma

Luciana Díaz nació en 1975 en Campana y es actriz. Participó en varias obras y también se destacó en cortos y largometrajes locales. Tiene gran versatilidad y una fuerte presencia escénica.

Entrevista por Leonardo Maldonado

¿Desde cuándo supiste que querías ser actriz?

Desde chica, yo veía la novela de Grecia Colmenares, Topacio (risas), era el año 85, 87. Yo quería ser Grecia Colmenares. En mi casa hacía de cieguita. Mi mamá me prestaba una franelita, ¡mirá que viva mi vieja!, y yo la imitaba e iba repasando los muebles. Trataba de tener la mirada fija para hacer de cieguita. Participaba en todos los actos escolares. Leía mucho. Y uno de los primeros libros que leí, a los diez años, fue Mujercitas. Hice una adaptación, invité a muchas nenas amigas y la presenté en el barrio. Era la escritora, la directora y la primera actriz, obviamente (risas). En una de esas peleas familiares, había decidido hacer un bolsito, tenía unos pocos australes, y quería ir en tren a ATC a pedir trabajo como actriz.

Esto ya cuando eras adolescente.

No, no, a los diez años (risas). Siempre quise ser actriz. En la adolescencia quería hacer teatro, pero me sentía sapo de otro pozo porque me gustaba leer, escribía poesías y me daba un poco de vergüenza decirlo. Cuando terminé la secundaria me di cuenta que había otro mundo. Y entonces empecé a indagar. En La Auténtica Defensa, en el año 91 o 92, salió un aviso de La Comedia de Campana, de Guillermo Rodoni. Salió mal el aviso: decía que buscaban incorporar a personas que querían aprender teatro. Ni bien entramos nos contó del error de la publicación y nos dijo que buscaban actores con experiencia para incorporar a la compañía. No era para un taller. Charlamos, y por respeto, nos hizo pasar al escenario de modo individual para que hiciéramos una improvisación. Esto fue en el Pedro Barbero. Estaba con él mi queridísimo Darío Peralta y Joaquín Castelli, que fueron para mí grandes amigos y me ayudaron muchísimo. Y se rieron con eso que hice. Después nos fuimos, taza taza cada cual a su casa, y tres semanas después me llamó Guillermo y me dijo que quería que fuera para que ayudara, para que viera. Ellos estaban preparando una obra, Camino negro. Yo les cebaba mate, miraba la cocina. Lo que sí hice con ellos fue una lectura de poesías en el salón de los Bomberos. Leí un poema de Nélida Coltelli, y ahí me di cuenta que me encantaba el micrófono. Y los aplausos.

¿Cómo te formaste?

Con Luis Enrique Pacheco, que es actor y director. Es un cubano que se vino en los 90 y que empezó trabajar en Cultura en Zárate. Hoy está en Chile trabajando y seguimos en contacto. La primera obra que hice con él fue La cantante calva, de Ionesco. Con él hice mi primer monólogo, El desconcierto. Hacíamos las obras en el Club Social,  en un salón de la Municipalidad, y después en el Club Paraná, que está enfrente a La Jovita.

El desconcierto, de Diana Raznovich, es una obra muy compleja que trata sobre la censura que la dictadura impuso a los artistas. Formó parte de Teatro Abierto. ¿Qué recordás de esa puesta?

¡Me encantaría volver a hacer esa obra! No recuerdo exactamente en qué me basé para crear al personaje de Irene, una mujer que durante mucho tiempo se bancó la hipocresía de una sociedad hasta el punto de explotar. La mujer vista como objeto, sumisa, manejada por un empresario, aplaudida por un público que termina siendo cómplice de una imagen y no del talento. Haría la construcción del personaje desde otro lugar porque tenía 20 años cuando la hice. Y sobre todo porque la mujer no es la misma que en aquel entonces, ¡qué suerte que no somos las mismas!, y la actriz que soy hoy tiene muchas más herramientas.


Hubo alguna obra de teatro que viste que te marcó y que te llevó a hacer teatro.

No. De hecho empecé a ver teatro de grande. Lo que me pasaba en la escuela primaria, en los actos escolares, era que quería que me aplaudieran. Quería que me reconocieran. Siempre quise llamar la atención, lo conversé mucho en terapia (risas).

La primera vez que te vi en escena fue en un cumpleaños tuyo. Hiciste un monólogo de Fontanarrosa. ¿Por qué decidiste, en tu cumpleaños, montar una obra?

Fue mi cumpleaños de 30. En el año 97 quedé embarazada y cuando nació Joaco me alejé. Después retomé por un llamado de Darío Peralta, que estaba dando clases en la Universidad de Luján, y me invitó a participar de sus talleres. Hicimos una obra infantil, Amor de chocolate, con el Mago Mondragón, Sofía Herrera, que es una gran actriz,  y Pedro Tapia. Tenía 27 años. Y con Darío leí unos cuentos de Fontanarrosa y entre ellos 19 de diciembre de 1971, que está basado en un hecho real contado por un hincha, un partido entre Newell’s y Central, y me encantó. Hice una adaptación. Le pregunté a Darío si quería dirigirme, me corrigió algunas cosas, y lo presenté muchos años después, en ese cumple. A los treinta estaba preparada para volver.

En ese momento estudiaste Comunicación en el Instituto 15. Ahí te conocí.

Tal cual. Estaba buscando. Mi vida es una búsqueda constante. No me canso de buscar: hay tanto para hacer, para investigar. Andar por un caminito recto me parece aburrido, no me copa. Me lo cuestioné en terapia hasta que entendí que es mi filosofía de vida: probar cosas nuevas, lo necesito. No le tengo miedo a lo desconocido. Me animo a todo menos a cantar (risas). Tomé clases con Ratola pero no puedo. Le he preguntado a distintas personas: ¿cualquiera puede cantar? Sí, me dicen. ¡Todos menos yo! (risas). Clases de baile tomé desde chica, clásico y español con Nilda Caballero, desde los 3 años. Y después hice muchos años gimnasia artística, admiraba a Nadia Comăneci. En el 2012 alguien me contó de La Circoneta y empecé circo. Y el circo es vida, me conecta con la niña que fui, es maravilloso.

El año pasado te vi en Compañía, de Eduardo Rovner, y en Papanatas, un infantil de Emiliano Dionisi. Es notable tu versatilidad en función de dos registros completamente distintos, uno más realista y otro más histriónico. ¿Cómo lo manejás?

Me parece que todo está adentro nuestro: lo bueno, lo malo, lo más infantil, lo más adulto. Y el teatro te permite sacar todo eso. Incluso lo que está mal. Hice un cortometraje con José Keidel, de Zárate, en el que tenía que matar a mi mamá, y cuando la mataba tenía ganas de hacerlo, y eso no lo podemos hacer en la vida real. Es genial. Es jugar a ser otro. No sé cómo hago para apropiarme durante un rato de ese personaje. Siempre me tomé la vida como un juego.

Estuvo muy bueno que Compañía no se montara en un escenario tradicional sino en una casa.

Creí que iba a ser difícil, que me iba a inhibir tener el público tan cerca. También mi compañera, Andrea Giana, sentía un poco lo mismo. Mauro Montero, que actuaba y dirigía, estaba más canchero. Me asustó al principio, pero fue bueno aprovechar el espacio. Me daba cierto poder ver cómo la gente respondía a lo que nosotros estábamos haciendo: pucha, me están creyendo. Fue una linda experiencia. Ensayamos muchos meses, tuvo mucho trabajo previo. Valió la pena.


Se te ve muy segura en el escenario. Se nota el encarnamiento de los personajes en tu cuerpo.

Es que me creo cada personaje. En este momento estoy estudiando y ensayando tres obras. Los personajes que hago son muy distintos. En De profesión maternal, de Griselda Gambaro, interpreto a una hija abandonada por su madre que 40 años después la quiere conocer, y entro a escena con una carga… con una incertidumbre… con dolor, con odio. En Venecia, de Jorge Accame, hago de una prostituta  medio machona, que bardea y que tiene un gran corazón. Y en Chau Misterix, de Mauricio Kartun, hago de ¡superhéroe! Es genial.

¿Cómo estudiás la letra y cómo creás al personaje?

Primero leo el texto una y otra vez. Me gusta grabarme con el celular. Compartí esta idea con mis compañeros y nos grabamos. Entonces voy en el auto y me escucho. Lavo los platos y repito. Por ahí entra el texto. Una vez que ya está el texto, el cuerpo sabe lo que tiene que hacer. Por supuesto que el director te da marcaciones. Pero Javier Marizaldi, que es el director con el que estoy trabajando ahora, nos da mucha libertad. Si él me dice parate acá en este momento y lo hago y no me lo creo, se lo digo y él lo respeta, y le buscamos la vuelta.

¿Trabajás con memoria emotiva?

No. De profesión maternal me moviliza, sobre todo porque soy mamá, la obra es fuerte, pero no apelo a la memoria emotiva, para nada. La he trabajado en talleres pero no la aplico.

Sobre el escenario se te ve muy segura, súper tranquila.  

Sí. Detrás de bambalinas me digo: ¡qué necesidad tengo de estar acá!  Me late fuerte el corazón, para qué otra vez, qué nervios, me voy a morir de un infarto, bla, bla, bla… pero cuando paso al escenario se me pasa todo y lo disfruto. El pánico escénico está antes. Cuando paso siento que ya no soy yo. Necesito mi tiempo detrás de bambalinas, me voy concentrando. Soy este personaje con este mambo.


Todos sabemos que hacer teatro o cine independiente es difícil. Más en ciudades como las nuestras.

En Campana lo que tiene de bueno es que nos conocemos todos, y eso te da seguridad, tranquilidad. A Javier lo conozco desde la secundaria, confío mucho en él. Al conocernos somos más como hermanos, se forman lindos grupos. Hace 4 años que formo parte del taller del grupo de médicos de Campana. Ellos me invitaron y me sumé. Ellos son médicos y son actores. Y en el teatro independiente todo es a pulmón. Y se valora de otra manera. No tenemos subvención ni un mango pero lo hacemos igual.

Te lo pregunto por el esfuerzo que implica. Por ejemplo, tenés que estudiar mucha letra y sabés que vas a hacer sólo dos o tres funciones. A mí me resulta duro cuando lo hago. Cómo te preparás vos para eso.

Entiendo. Con Papanatas, la obra infantil que pusimos el año pasado, la hicimos dos veces, y nos quedó el dolor de querer hacerla más tiempo. Pero practico mucho el desapego, no solamente para el teatro sino para mi vida. No sé lo que es extrañar, no me quedo pegada con nada. Hoy me toca esto y mañana lo otro. La única vez que hicimos tantas funciones, que fueron como 15 o 16, fue con Compañía. Y terminamos y no me costó. Lo que pasa es que uno ya vivió todos esos meses previos, eso forma parte del juego. No es que te preparás para ese día: vas viviendo todo eso. La presentación es la frutillita del postre. Pero los ensayos los lunes, martes y miércoles de 9 a 12 en La Rosa los vivimos y los disfrutamos.

Cómo recibís los comentarios y las devoluciones de los espectadores.

Me gustan las devoluciones constructivas. Las tomo bien y después veo qué hago con eso. Además hay cuestiones que son muy subjetivas, como si le gustó o no la obra, el contenido. Me gusta que me digan la verdad y me quedo con lo que me suma.


Cuando te vi en Las dos Campanas (Fabián Benavidez, 2013), que hacías pareja con Javier, se nota que pudiste diferenciar bien la actuación para la cámara. Fuiste muy espontánea y austera.

Para mí fue algo nuevo. Fue la primera vez que hice cine. No sabía de qué se trataba ni cómo hacerlo. Es otra magia, la del cine. Javier trabajó en Polka, tenía experiencia. Me sentí acompañada por él. En el teatro empezás y terminás a la hora y media. En el cine es distinto, hemos grabado escenas 17 veces porque nos tentábamos de risa. En el teatro claro que tenés que exagerar para que te vea el que está sentado en la última fila. Lo que yo hice acá fue ser Luz, mi personaje, y que fuera un problema del director de dónde me enfocaba. Me creí el personaje pero no me preocupé por la técnica, ¡re mala parezco! (risas). Pero por eso pude ser natural.

Para El pago de las almas hiciste doblaje, ¿cómo fue esa experiencia?

Ahí sí estuve nerviosa. Hice tres escenas en 2015 y el año pasado Dani Pelayo me llamó para hacer el doblaje. Pasaron varios años. Me costó. Tener los auriculares, leer. Hay una escena donde abrazo a mi hermano y le tenía que decir “hermanito…” y no me salía. Entonces Dani me alcanzó una campera, la abracé y ahí pude hacerlo. Y me salió bien, o más o menos bien. Es muy técnico, escuchaba de a pedacitos y repetía. Lo que a mí me gusta es poner el cuerpo. Hice lo que me pidió el director, él es el que sabe de lo técnico.

Sos una actriz muy física. En el teatro se nota mucho, incluso cuando estás rígida. Por ejemplo en Papanatas cuando estabas sentada mucho tiempo. Uno nota que hay un cuerpo presente. En el estreno de Las dos Campanas recuerdo que entrabas y salías de la sala, como si no pudieras tolerar verte.

Sí, me incomoda verme. No sé por qué. El teatro ni idea, no me veo. En el cine me veo y me digo, ¿esa es mi nariz?, ¿esa es mi sonrisa? Me da vergüenza verme. No me gusta verme pero sí me gusta hacerlo, actuar para la cámara. Lo anoto para terapia (risas).


Hiciste muchas comedias.

Me gusta mucho escuchar que el público se ríe. Me hace bien. Pero también me gusta el drama y sacar la maldad. Cuando veas De profesión maternal me sale un odio… que me hace bien que salga. Pero me gusta más la comedia. No sé si hay algo que no haría. Tengo mis limitaciones, sí, que tienen que ver con alguna escena sexual, tanto en el teatro como en el cine.

Sin embargo en Las dos Campanas hiciste un desnudo.

Es que no soy yo, es una doble. No iba a aceptar el papel de otro modo. Me da pudor. No me gusta exponer tanto mi cuerpo. No tuve tantos besos, pero me cuestan.

Me sorprende lo que me decís, esta timidez, este pudor, porque trabajás mucho el tema del cuerpo: hiciste danza, circo, gimnasia artística…

En la obra de Kartun que vamos a hacer ahora a fin de año, mi compañera Mirella Ribas hace de Gina Lollobrigida y yo de Marilyn Monroe (¡risas!), y tenemos que hacer una escena que me costó mucho y Javito la resolvió de una manera genial que no pienso contártela así venís a vernos.

¿Te gustaría hacer algún personaje particular de una obra clásica?

Antígona. Lo intenté una vez, Antígona Vélez, con Natalia González, una chica que falleció, nos dirigía Darío Peralta, y no pudimos hacerla. Pero tampoco es que quiero hacer algún personaje en particular. No me caso con ningún personaje.

¿Y dirigir una obra?

Durante unos años estuve trabajando con Ismael Garzón, un maestro para mí, iba a su taller de periodismo, esto en el 2000, 2001, y me invitó a dar clases de literatura medieval. Lo hice de caradura. Y con los alumnos hicimos teatro semimontado y dirigí Prohibido suicidarse en primavera. Fue una experiencia re linda. Me encantaría dirigir, claro. Me imagino, en unos años, viviendo en Córdoba o en algún lugar donde haya montañas, teniendo un taller y dirigiendo obras.

#Luchy Díaz #teatro Canmpana