producción fotográfica: Alexis Maldonado 

Nilda Caballero: Señora Danza

Nilda nació en San Rafael, Mendoza, en 1959, pero vive en Campana desde los 6 años. Es Profesora Superior de Danza y dicta clases desde los once años. No hay niña de la ciudad que no haya tomado cursos con ella. Desde 2009 dirige su propio estudio.

Entrevista por Leonardo Maldonado

¿Cómo fue tu encuentro con la danza?

Fue a los 4 años. Mi mamá, que le gustaba bailar, y en ese momento no se estilaba estudiar este tipo de carrera, me llevó a una academia de danza de General Pacheco, donde vivíamos entonces, sin pensar que esa iba a ser mi profesión. Vinimos a vivir a Campana por cuestiones de trabajo de mi papá. Tenía 6 años cuando nos mudamos. Nací en Mendoza pero la familia se trasladó a Pacheco por trabajo y luego nos vinimos para acá.

¿Cómo continuaste tus estudios en Campana?, ¿había academias aquí?

Un día veo una hermosa foto de una bailarina, con tutú blanco, en una vidriera de un local del centro. Tomamos la dirección y fuimos a su estudio. Y entonces me encuentro con la que después fue mi profesora, mi directora, mi amiga. Fue la musa inspiradora de mi carrera. Te hablo de Maridelfa Orlandi, de Zárate, que tenía un estudio acá. Así que tomé mi primera clase, muy tímida, no quise hacer mucho, me daba vergüenza, yo venía de otro lugar, fue un cambio... Con ella estudié danzas clásicas y españolas y me recibí de profesora a los 11 años.

¡Eras muy chiquita!

Sí. Y empecé a dar clases a esa edad, casi a los 12. En el living de mi casa, corría la mesa y usaba la silla como barra. No tenía barra. Tuve tres alumnitas. Era como un juego. A medida que fueron pasando los años no dejó de ser divertido, pero empezó a ser apasionado. De tres alumnas pasé a 10 y luego a 20. Entonces mi mamá me dijo ¡basta!, ¡tantas no! De grande empecé a dar clases en el Club Independiente. Veinticinco años estuve allí, tengo recuerdos hermosos. Fue un momento de explosión, de furor, no había un estudio de danza clásica. Sí había grandes profesores de folklore y tango. Tuve un padrino artístico, Ismael Garzón, un señor locutor que me ayudó mucho. Maridelfa y él me marcaron mucho en la vida. Me enseñaron no sólo a amar la profesión sino el tema de la conducta. Después enseñé en el club América durante 17 años.


El estudio de la danza es muy riguroso.

Sí, y más en esa época. Hoy por ahí tenés niñas o adultos que quieren bailar pero no quieren que les enseñen técnica. La barra resulta tediosa, cansadora… hoy no podés tener a una nena 40 minutos haciendo barra. Cansa. Pero hemos logrado hacer como un puente y darles la técnica sin que se den cuenta. No hacemos 40 minutos de barra, hacemos menos, pero lo damos igual. No se puede bailar sin técnica.

Luego te fuiste especializando en otros estilos. ¿Cómo fue eso, con quiénes te formaste?

Claro. Apareció el tap, que me encanta, el jazz, la danza contemporánea, el árabe. Todo lo que hoy se tornó más público, más conocido. Esto lo fui descubriendo de adolescente. Lo primero que me interesó fue el tap. Me perfeccioné en capital. Hice flamenco con Luisa Periset y jazz con Pedro Sombra. Lo contemporáneo no me atrapó tanto, pero lo hice porque era completamente diferente a lo clásico, tenés mucho trabajo de piso. Tomé clases de tap con Juan Manuel Amado, que también dictaba clases de flamenco. No vivía en capital, era caro, viajaba. Tengo una anécdota con él cuando tomaba flamenco. Eran clases de una hora y media pero no te dejaban ni respirar. Un día él estaba hablando sobre un paso de una coreografía, yo me había recostado contra la barra, estaba cansada, pero no aburrida, y Juan Manuel, que era joven entonces, me dijo: “No servís para esto, te conviene lavar los platos”. Yo salí de esa clase llorando. Tenía 18 años. Y me dije: no vengo más. Mentira, seguí yendo. Estaba dolida. Lo seguí saludando, le tenía mucho respeto, pero me sentía mal.

¿Le comentaste algo?, ¿hablaste con él del tema, le dijiste cómo te sentías?

No, para nada. Muchos años después, en el 99 o 2000, lo encontré en el Coliseo de Zárate. Yo llevaba mi ballet, ya era un hombre grande. Lo saludé con todo el amor del mundo. Él me dijo: “espléndido lo que presentaste, brillante”. Yo lo miré como agradeciéndolo. Y me dijo: “yo sabía que tenías talento, pero necesitaba que vos te sintieras herida para que siguieras y dieras mucho más”. Habíamos estado en contacto todos estos años, pero nunca hablamos del tema. Le di un beso enorme, nos abrazamos. Pero me marcó, esa frase.

Seguro que vos nunca le dijiste a alguna de tus alumnas algo por el estilo.

No, jamás.


Nilda a sus 15 años...

No debe haber niña en Campana que no haya estudiado danza con vos. Sos toda una institución en la materia. Mi prima, cuando era chica, tomó clases con vos. Recuerdo una foto de una muestra que está con vestido color fucsia en el Pedro Barbero. 

(Risas). Son muchos años de dar clases. Me pasa que muchas alumnas que tuve cuando eran niñas o adolescentes y que hoy son mamás me traen a sus hijas. Es un orgullo para mí que me las confíen.

¿Soñaste con bailar en el Colón, de niña, de adolescente?

(Duda). Sí… pero como mi meta no era la danza clásica… Mi meta era ser una buena profesional, rodearme de profesores que me nutrieran. La primera vez que fui al Colón quedé fascinada, era chica.

¿Participaste profesionalmente de algún ballet?

Sí, en el ballet de Zárate, cuando lo dirigía Maridelfa. Fueron muchos años.

¿Admirás a alguna bailarina en particular?

Norma Fontenla, para mí, fue la mejor. Murió en un accidente de avión cuando iba a bailar a Trelew junto a otros talentos. En frente al Colón hay una estatua que los recuerda. En español adoraba a Periset.

Hace muchos años que trabajás en la Municipalidad. Dirigiste el ballet y diste clases. ¿Cómo fue tu recorrido?

Me convocaron por primera vez cuando se inauguró el Monumento al Inmigrante en la Plaza Italia, esto por el 76, o antes. Me pidieron una ronda de países. Las chicas que estudiaban conmigo representaban a los países: Italia, España, etcétera. Hicimos una presentación. Lo recuerdo como si fuera hoy: todas las nenas sentadas en las escaleritas. Luego hicieron una ronda. Entonces me propusieron crear la Escuela Municipal de Danza. Héctor Antonio Demouselle era el director de Cultura, él me lo propuso. Fue un boom, era algo nuevo. Esto fue en el 79. Y de allí surgió el ballet, que estaba integrado por las mejores 18 bailarinas, las que eran más grandes en edad, las más talentosas. Pasé por todos los gobiernos, pasé por todos los directores de Cultura. Viajábamos mucho a Entre Ríos, fuimos mucho a Escobar, representábamos a la ciudad. Bailamos en todas las escuelas, en las sociedades de fomento, donde nos invitaban.

¿La formación de las niñas era en talleres gratuitos, verdad?

Daba clases gratuitas en el teatro Pedro Barbero. Seguía con mis clases particulares al mismo tiempo. Fui directora del ballet y de la escuela por 35 años. En 2005 se convirtieron en talleres, se empezaron a llamar así. La Municipalidad me abrió puertas, sobre todo me hizo conocida. No te hablo de un intendente ni de un partido en particular, sino que hablo de Estado. Los años transcurrieron y decidí abocarme a lo particular y en el municipio quedé en trabajo administrativo. En 2009 alquilo una hermosa casa vieja, reciclada, en De Dominicis y ponemos el estudio.

Si pienso en tu trayectoria, en tu recorrido, siento que te costó montar tu propio estudio. Pasaron muchos años para que pudiera llevar tu nombre. ¿Por qué?

Sí. Fue una cuestión de decisión. La verdad, te lo cuento, es que nunca quise dejar el instituto de Maridelfa. Ella fue una persona muy importante en mi vida.


Hoy tu hijo también se dedica a la danza. Imagino que su acercamiento fue completamente natural.

Me casé a los 26 años y al año siguiente lo tuve. Ariel se crió con el sonar de las castañuelas, con el ruido de las panderetas. No hacía falta que le dijera que bailara, lo hacía solo. Era lo que mamaba en casa. Cuando me dijo que quería ser bailarín, le dije que lo tomara en serio. Y así fue. Empezó a estudiar en capital a los 16 años y se recibió de coreógrafo y hoy trabaja al lado mío. Él me ayudó a aggiornarme, a incorporar otras disciplinas. Sigue tomando clases y me trae ideas. Él va a ser la persona que va a continuar con todo esto.

¿Qué te pasa cuándo lo ves bailar a tu hijo, qué sentís?

Es emocionante. Imaginate que bailaba tap tipo Chaplin cuando era chiquito. Se perfeccionó. Tuvo grandes maestros en capital que buscaron en él el talento que tenía, que yo había visto obviamente, pero quería que se formara de modo profesional.

El estudio es muy lindo. Todo está decorado verde manzana, muy prolijo.

Contratamos a una empresa que hizo el diseño y se encargara del tema de la seguridad. Hicimos una inversión grande, el piso, las barras las mandamos a hacer, los espejos de planta baja, la colocación, el sistema eléctrico. Tardamos nueve meses en montarlo. Un parto (risas). Más allá que quede lindo estéticamente lo importante es que es seguro. Tenemos seguro de altura. Imaginate que estamos enfrente de la oficina de Habilitaciones (risas).

Incorporaron tela, aro, circo.

Hace rato que lo venimos haciendo. Desde que abrimos el estudio en 2009. Mi hijo se pone de novio con Florencia Pissani, que es acróbata, y cuando nos mudamos acá, en 2016, pudimos montar los aros, las telas. En la casa de De Dominicis no lo podíamos hacer por una cuestión edilicia, no había la altura necesaria. Nuestras alumnas del estudio reciben clases de todas las disciplinas. Las clases son integrales. No es que vienen solo a español o clásico. Tiene 12 o 13 materias. Pueden rendir exámenes a fin de año y obtener el título de profesora superior de danza en una determinada disciplina. El 15 y 16 de diciembre es la presentación anual, la muestra, que va a ser en el Barbero, la va a regir el color salmón. Es abierta a toda la comunidad. Cada año elegimos un color distinto para nuestros espectáculos. Hace poco la municipalidad nos regaló telas y las mamás están contentísimas.


Nilda, Ariel Mernies (su hijo), Florencia Pissani y alumnas

Tuvieron la visita de Eleonora Casano.

Sí, en 2016. La convocamos para que hiciera un seminario. Trajimos también a Cecilia Figaredo y a Nahuel Leguizamón, que es muy buen coreógrafo de jazz y de ritmos urbanos. Busco renovar el interés permanentemente de las alumnas, acercarles personas que son tan valoradas en el mundo de la danza. Todos re sencillos, se sacaron fotos con todos. Las nenas le daban las zapatillas de puntas para que Eleonora se las firmara. Este año no lo pudimos hacer porque la situación económica está difícil y a los seminarios hay que costearlos.

Después de tantos años de trabajo y de formación, ¿qué es lo que más te gusta bailar?

La danza española. Me puede. Es mi corazón: los zapateos, las castañuelas. Bailar es mi vida. No bailo actualmente de modo profesional, ya estoy grande, el tiempo  transcurre, cada cosa a su edad. Desde el 2009 tomé la dirección general del estudio y estoy abocada a eso, muy contenta, con mucha energía. Pero la danza es mi vida.

 

 

 

 

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