producción fotográfica: Alexis Maldonado 

Guía y compañera de lecturas y escrituras

Marisa Mansilla nació en 1955 en Capital Federal pero vive en Campana desde pequeña. Se recibió de profesora de Castellano, Literatura y Latín en el Instituto Superior Joaquín V. González. Trabajó como docente en el profesorado de Lengua y Literatura del ISFD 116 y en la tecnicatura de Comunicación Social del ISFDyT 15. Desde el año 2000 dicta talleres de lectura crítica y de escritura tanto en Campana como en Zárate. Cada fin de año organiza Cafés Literarios abiertos a la comunidad.

Entrevista por Leonardo Maldonado

¿Cuándo comenzaste a dictar el Taller Álgebra y Fuego?

Empecé en el año 2000 pero venía madurando el proyecto unos años antes. Fue en un bar que en ese momento se llamaba La Estación, que era de Horacio Cali y de Hugo Boetti. En ese momento era un taller de lectura crítica pero con clara orientación a la escritura literaria. Porque la primera idea fue armar un buen grupo de escritura.

¿Cuáles fueron las motivaciones personales que te llevaron a proponer el Taller?

Yo tenía un poco de desilusión y de cansancio con respecto a lo que podía hacer en la escuela. La docencia está llena de cuestiones interesantes y que son buenas pero de otras que son realmente sinsabores. Entonces tenía ganas de hacer otra cosa. Y de tener acercamiento a otras personas, no solamente al alumnado. Porque el hecho de trabajar la literatura en condición de profesora frente a un alumnado establece determinadas reglas en el vínculo que pueden ser copadísimas, y en otros casos no, pero yo tenía ganas de hacer otra cosa. Me interesaba leer con gente a los que no les tuviera que corregir un parcial y cerrar la nota al final del trimestre.

Cómo se armó el primer grupo.

Puse un anuncio en La Auténtica Defensa, redacté gacetillas, e hice una clase de presentación en el bar. Pensé que iban a venir 20 personas con toda la furia. Pero vinieron 50. Para un taller son muchos, ¿qué hago? Entonces dividí en dos grupos. Pero rápidamente los grupos se fueron consolidando en un número mucho menor. A los meses había 10 o 12 integrantes en cada uno.

El 2001, ¿afectó la convocatoria?

Las crisis siempre se sienten, y obviamente afecta al número de personas que asisten. He llegado a dar talleres con 2 personas. Pero no recuerdo si fue ese año o después.

¿Cómo es el trabajo con los lectores/escritores que asisten?

Es dinámico, siempre hay gente que se va, gente que vuelve, otros que se incorporan más tarde, algunos que se reincorporan. No es fácil acostumbrarse a ese dinamismo. En la escuela tenés un número fijo. Por lo general en los primeros meses hay más lectores y mayores diferencias: en edad, en pensamiento, en intereses.


¿Cuáles fueron esas primeras lecturas?

En ese año empezamos con los cafés literarios, que son las presentaciones de los trabajos de los participantes a fin de año. Hicimos dos. Uno de ellos se llamaba “El exotismo de Oriente” porque habíamos leído Las mil y una noches. Analizamos lo exótico y lo erótico de algunos relatos. Contratamos una odalisca para ese primer café (risas). Lo hicimos en La Estación. Esos relatos, de alguna manera, escandalizaron un poco, chocaron. Entre los relatos y la odalisca… fue un poquito fuerte en ese momento, hace 18 años.

Cada año preparás el programa de lecturas, tanto con los textos poéticos como con los teóricos, que vas a trabajar durante el año en el taller. Son muy prolijos, académicos. ¿Cómo elegís los textos?, ¿en base a un eje, a partir de libros que te gustan?

Después de leer todo un año, le pregunto a la gente del taller qué les gustaría leer el próximo. A veces surgen temas, autores. Yo nunca leí nada de… yo leí tal libro de X pero no entendí… Y con eso voy tratando de ver cómo armo el programa. Porque un eje vertebrador tiene que haber, un criterio unificador. Vieron que Kafka bla bla bla, bueno, ahora fíjense cómo Moravia bla bla bla también. De todos modos puede no haber coherencia: los lectores nos sentamos hoy con esta novela y mañana con otra, y ellas no tienen nada que ver ni se pueden comparar. Depende de cada año.

¿Qué están leyendo este año?, ¿cuál es el eje, si es que lo hay?

Yo solita me meto en desafíos y problemas que después no sé cómo salir… (risas). El año pasado habíamos trabajado con todas narradoras argentinas y latinoamericanas que abordaban el tema del género. Voces desgarradoras muy femeninas que traían el problema del género y cuya obra estaba publicada después de los años 60. Había cursado en la maestría que estaba haciendo Teoría de género con Ana Amado y Nora Domínguez, con las que había leído bastante sobre el tema. Y me contacté con una doctora en psicología, Ana María Fernández, que fue declarada graduada ilustre por la Universidad de La Plata, y es una de las principales exponentes de las Teorías de género y de feminismo en este momento en el país, y la invitamos a disertar. Esto el año pasado. La trajimos en conjunto el Taller, el Colegio de Psicólogos Zárate-Campana, y el Colegio de Abogados Zárate-Campana. Y ahí surgió el tema de tratar lo judicial. ¿Cómo se descubre una verdad? Se comete un delito: ¿cuál es la verdad?, ¿quién la dice?, ¿cómo se hace para descubrirla? Se descubre quién es el culpable, pero ¿cómo se lo sanciona? ¿Qué pide la sociedad que se haga con el culpable?, ¿qué hace el poder judicial? Conclusión: leímos El mercader de Venecia, de Shakespeare, El proceso y En la colonia penitenciaria, de Kafka, y también Ante la ley y Un artista del trapecio del mismo autor, leímos Herejes, de Leonardo Padura, y Milena, de Margarete Buber-Neumann.

¿Y por qué decís que te suscitó un problema?

Porque cuando uno lee Kafka, y después de él a Martín Hopenhayn, Foucault, su Microfísica del poder o Vigilar y castigar, o Nietzsche, donde se habla del tema de cómo el aparato de Estado, el aparato judicial, qué mecanismos tiene para declarar culpable a alguien, para incriminarlo, provoca un poco de miedito. Además son autores difíciles de leer. No a todos les gusta Kafka. Terminamos de leer Kafka y hay gente que todavía me lo está agradeciendo (risas). A veces uno elige lecturas que gustan más y otras que gustan menos. Elegí esta temática porque me parecía que les iba a encantar, leer el tema en profundidad, pero Kafka es difícil. Pero así como es de difícil es de deslumbrante. Yo soy una apasionada de lo que leo.


Acompañás los textos poéticos con textos teóricos, para leer aquellos a la luz de, o a partir de cierta teoría o conceptos.

Sí. El taller empezó siendo de lectura crítica y de escritura. Y luego se bifurcó. Había gente que quería leer y no escribir, y viceversa. Y se bifurcó absolutamente la dinámica de trabajo. Es muy distinto preparar a un grupo para una producción literaria propia, original, que tenga calidez, calidad literaria, y otra cosa es llegar a hacer el libre juego de las interpretaciones, ver qué dijo la crítica, de hacer interrelaciones teóricas con otras disciplinas. A mí la crítica literaria me encanta.

Pasaste por diversas sedes: librerías, clubes, y en varios bares tanto de Zárate como de Campana.

Sí. No tengo problema de dar el taller en un bar. Tratamos de buscar un lugar tranquilo para no andar gritando. En Zárate estuvimos en Juanele, en Campana en la librería El Garage durante muchos años, luego en la CUCEI, y ahora estamos en Park view.

¿Cuál es el objetivo de los cafés literarios?

Tiene que ver con dar a conocer las producciones de los participantes que escriben. Producciones que es difícil que lleguen al formato libro porque es costoso, y azaroso. Si uno no es Claudia Piñeiro, es difícil que una editorial grande te publique. Lo hacés con una editorial amiga, o más chica, que te asegure una presentación y una distribución en dos lugares. Entonces pusiste mucha plata encima y recuperás poquísimo. El café literario tiene por función acercar eso que se escribió a un público determinado. Vienen amigos, familiares, gente que no sabía que tal escribía. Incluimos espectáculos musicales, teatrales. Una vez el actor Mauro Montero escenificó una obra que habíamos reelaborado, Circe. Otro año Darío Peralta interpretó uno o dos textos producidos en el taller y Perico Cabrera tocó bossa nova. Han venido músicos de jazz. El año pasado tocó la guitarra Federico Wolter, que estuvo muy bien.


Publicaste una revista con el nombre del Taller. Contanos cómo fue esa experiencia.

En ese momento venía al taller de escritura un muchacho que ahora vive en Mar del Plata, Sergio Giuliodivari, y él quería que armáramos una revista literaria. Y a mí la idea me encantó. Pero yo quería hacerla más amplia: literatura y otras humanidades. Fuimos buscando columnistas de distintas disciplinas. Carlos Egaña escribió sobre cine y psicoanálisis, Roberto de Paoli sobre fotografía, Raúl de Paoli sobre música, Claudio Ortiz y Silvia Troparesky escribieron sobre mitología clásica, Raúl di Marco también sobre literatura clásica, vos participaste en un número… (risas).

(Risas). Sí. De semiótica y periodismo.

Fueron 6 números, una experiencia maravillosa. Si hay algo que me gustaría hacer, sería editar una revista. Lleva mucho tiempo editar una revista o cualquier producto poético, vos lo sabés muy bien por las películas que hacés. Cada artículo tiene que tener cierta extensión. Los que escriben, como son seres humanos que tienen que sobrevivir, y entonces trabajan (risas) y tienen familia, hay que darles un tiempo, esperarlos. Y el editor tiene que correr a cada uno para que le envíe la nota por mail. La nota hay que revisarla, preguntar, ¿está bien esta coma?, ¿qué quisiste decir acá? Y luego hay que pasarle toda la información a la diseñadora gráfica, vender la publicidad, llevar el disco a la imprenta a capital, pagar el costo de la impresión. Cuando uno tiene la revista en la mano, no lo ve, pero es un trabajo importante en cuanto a horas, esfuerzo, y dinero. Pero tiene sus satisfacciones, desde ya.

En el Taller fueron incorporando ir a ver a capital obras de teatro y viajes al exterior.

Sí. Como a mí me gusta mucho el teatro y como en el taller también, salió una propuesta en ese sentido. Ellos iban proponiendo obras. Mirá tal comentario en La Nación, etcétera. Hoy sale muy costoso. Se genera un vínculo distinto, se estrechan las relaciones, nos enriquece. Y el primer viaje surgió porque leímos La casa y el viento, de Héctor Tizón, un escritor de Jujuy que tuvo que partir al exilio durante la última dictadura cívico-militar. En esta obra decide recorrer la Puna para que cuando se vaya del país se lleve el paisaje en los ojos. Y esa frase me fulminó. Pero no fui la única. Todas empezaron a flashear con esto de que nos quede en los ojos el paisaje de la Puna. Y en ese momento venía al Taller Ofelia Rovea, una señora de Zárate que ya falleció, que yo quería muchísimo, que nos dijo: vámonos a la Puna que mi hija tiene una agencia de turismo. Y nos fuimos. Y después fuimos a recorrer las casas de Pablo Neruda en Chile. Yo estaba obsesionada con ese tema. Pero tardamos porque el primer año que quisimos ir hubo un terremoto, y el otro tsunami y ceniza volcánica (risas). Cuando vimos la cordillera en el avión fue muy impactante. Disfrutamos un montón ese viaje. Estuvimos en Santiago y en Valparaíso. Después fuimos a Bahía porque leímos Doña Flor y sus dos maridos, de Jorge Amado.


La Puna en los ojos...

¿Por qué pensás que a los talleres vienen más mujeres que hombres?

Creo que a los hombres les provoca como cierta vergüenza, cierta timidez. Un poco porque saben que van más mujeres. Y, hablando de Teorías de género, está establecido que el hombre sensible es sospechoso en su sexualidad. Pero por suerte muchos se animan. Los que han venido han enriquecido tanto, pero tanto la visión de los textos. En general vienen más al taller de escritura que al de lectura. Ejemplo: Fabricio Capelli, que es de Mendoza pero que hace mucho vive en Campana, acaba de editar Cuentos artificiales por Factotum, que es como una segunda editorial de InterZona. Vino al taller muchos años. Sergio Giuliodibari publicó libros de poesía, es un muy buen poeta.

¿Cómo intervenís en la escritura de los otros?

Es tan difícil. A la gente que no le gusta que le corrijan, se van. Hay que bancarse la devolución. ¿Vos te fijaste cómo construiste este personaje, cómo progresa la historia? La corrección no es sintáctico ortográfica solamente, sino de estilo, de construcción de personajes, de procedimientos,  ¿por qué acá decís esto?, etcétera. Hasta hace poco vino al taller Lisandro Wolter, hermano de Federico, que tiene 20 años, y tiene una capacidad impresionante para seguir trabajando en la escritura literaria. Es un gran escritor. He leído su novela no sé ya cuántas veces, la está por publicar. Él te dice: leelo otra vez Mari, decime, corregime. Y vos le decís: fijate esto, y él lo piensa. El que acepta la corrección, la mirada, es el que tiene capacidad de rever lo que ha escrito y con la mirada de un otro. Es un proceso muy arduo.

¿Qué van a trabajar el año próximo en el taller de lectura?

No tengo la menor idea (risas). Lo interesante es leer con otro, animarse a leer en profundidad. Es un ejercicio de pensamiento que vale la pena y que no deberíamos perder.

 

 

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