créditos: Alexis Maldonado 

Mariel Kury: color y vida

Nació en Zárate en 1965. Dibuja desde niña y se define como colorista. En su obra se destacan paisajes, animales, y desnudos. Experimenta en formatos circulares y en todos sus trabajos el color parece estallar y desbordar los límites de la tela.

Entrevista por Leonardo Maldonado

¿Cómo te acercaste al dibujo?, ¿a qué edad?

No tengo un recuerdo puntual. Era chiquita en la isla y estaba dibujando. Me encuentro con amigos de papá que me dicen que siempre estaba dibujando sobre la tierra con un palito. Nací en Zárate y cuando estaba en segundo grado nos fuimos a vivir a Lanús. Mis padres pensaron que la escuela de la isla no era buena y partimos. Me mandaron a una escuela del Opus Dei, después quedé pupila. Esas cosas de la época… En Lanús fuimos a un cumpleaños y allí estaba la prima de mi primo que estudiaba Bellas Artes, me contó, y ahí supe que quería estudiar esto. Tenía 11 años. Mi mamá no quería que estudiara Bellas Artes y me dijo: después del secundario vas a estudiar dos años más y por lo menos vas a ser maestra. Y así es que soy maestra (risas). Terminé el magisterio, cumplí. Fue una salida laboral, trabajé de preceptora.

¿Tuviste alguna profesora de Plástica que te marcó?

Cuando estaba en el último año del secundario en Zárate, porque después volvimos para acá, la Negra Lagos, que era la profesora titular, quedó embarazada, y vino Silvana Zanou. Ella ha marcado a muchos. Era profesora de arte y había estudiado escenografía en la Universidad de La Plata, trabajaba en el Colón. Ella me marcó que el arte era libertad, que era una forma de expresión. Y es lo que yo sostengo: hay tantas formas de expresión como personas, pero hay que buscar las herramientas para lograr esa expresión. Marcó a muchos Silvana, a Leito Gauna, que es un pintor fabuloso. Ella, durante la última dictadura, en La Plata, la pasó mal. Y creo que por eso nos trasmitió toda esta cuestión de la libertad. Falleció hace mucho.

Cuando terminaste el secundario fuiste a estudiar a capital.

Rendí en la Pridiliano Pueyrredón. El primer año no pasé el examen de ingreso, al otro sí. Cuando hacía el magisterio, fui a un taller municipal de pintura en Campana que dictaban Jorge Proz y Laura de la Fonte. Venían de la Pueyrredón a dar clases a Campana los sábados. Yo había ido a un taller en Zárate, pero hay gente que no sabe orientar o ver lo que el otro tiene para expresar: no puede ser que le enseñes a tus alumnos a pintar como vos. Y eso pasa en muchos talleres. Con los Proz salíamos a pintar al aire libre. Vimos mucha teoría del color, eso me encantó. Me enseñaron que se podía pintar directamente, que no hacía falta dibujar. Fue importante, yo tenía 17 o 18 años. Y después pude entrar a la escuela. Me fui a vivir con ellos a capital. Hice una muy buena relación. Eran como mi familia, los Proz, la nena me decía tía. Así que hice el profesorado de Bellas Artes. No terminé ahí, se me hizo largo. Tenía sueldo municipal, trabajaba en el Colón, con Feijó.


¿Cómo entraste al Colón?

Por Silvana. Me recomendó a Feijó, lo llamé y ya me dijo: tengo un trabajito para vos. ¡No me conocía! (risas). Él era escenógrafo del Colón, después se fue al de La Plata. Era una obrera, me decían pintá esto y lo hacía, tres años trabajé ahí, ganaba muy poco. Trabajé en Babilonia, un centro cultural que quedaba en la calle Guardia Vieja, en el Abasto, con Miguel Dao, el primer marido de Estela Galazi. Ellos estudiaban con Laura Schussheim y tenían un grupo de teatro en Zárate en la Biblioteca José Ingenieros. Miguel trabajaba de asistente de dirección de Tato Pavlosky. Hice muchas escenografías con ellos acá en la Biblioteca. Nunca estudié formalmente escenografía, pero tenía habilidad. Iba a los ensayos, iba a leer con los actores, era hermoso.

¿Y qué hiciste en Babilonia?

Miguel dirigió Fragmentos de una erótica. Eran obras eróticas cortitas. Yo hacía maquillaje y escenografía. Esto fue ya en los 90. La escenografía eran unos bóxers oscuros. No teníamos un mango, era teatro independiente. Los maquillaba con témpera a los actores (risas). Fue mucho aprendizaje. Para Casa de muñecas usé sillas Thonet, las pintamos de blanco, las unimos con hilo chorizo y quedó como una gran telaraña y con la iluminación quedó bárbaro. Me gustó mucho trabajar en teatro. Ahora estoy haciendo una ambientación para una milonga para una gestora cultural, Nancy Cisneros.



Te interesa mucho trabajar el erotismo. Está muy presente en tus pinturas.

Y… es la vida. Después de haber estado pupila en la escuela del Opus Dei… (risas). Tuve mucha suerte, me he cruzado con gente que sabía mucho. En la época de Alfonsín se abrió la Escuela de Estética en Zárate y vine a trabajar acá. Y empecé los estudios en la Escuela de Arte de Campana, me tomaron muchas equivalencias, fui una de las primeras promociones. Y después hice el profesorado en Artes Visuales con especialidad pintura en el IUNA.

¿Qué fue lo que más aprendiste en la Pueyrredón?

Me dio herramientas y me abrió muchas puertas. Tuve un profesor que me marcó mucho, era arquitecto, pintor, músico, Rodolfo Castaño, re capo, súper generoso, muy humilde, nos invitaba a sus muestras, a sus conciertos. Roberto Duarte también fue un gran profesor. Cuando estaba rindiendo el examen de ingreso, yo estaba pintando, se acerca y me dice: “nunca pierdas esa soltura que tenés en el color. Y al profesor que te quiera limitar con los colores, les decís que no porque te lo dijo Duarte” (risas). Muy buen docente.

Fuiste a estudiar a Brasil con una beca.

Sí, fue por el Centro de Estudios brasileños para Lenguaje Visual, Pintura y Morfología. Era la época acá de Carlos Saúl y allá de Cardozo. Pero quedé seleccionada para Diseño Gráfico, no sé por qué, fui igual. Fue una experiencia buenísima, un crack en la cabeza. Fue en la Universidad Estácio de Sá, de Río. Los que estudiaban eran una élite, costaba 1200 dólares por mes. Y yo había ido con un vestidito que había comprado en el bolishopping (risas). Estuve un año y medio. Me abrió la cabeza en otro sentido que no era la pintura. Es lo que pasa con todos los viajes.

¿Cómo y cuándo comenzaste a exponer tus obras?

Ana Dragone, que es una pintora constructivista, tenía un taller, nos juntábamos ahí y empecé a mandar mi obra a salones. A los 21 años entré a un salón nacional con un collage, una exposición donde ahora es el Centro Cultural Borges. Ella me llamó y me dijo: entraste en el salón. No lo podía creer. No considero que sea una artista. Es un término muy bastardeado. Y es muy pretencioso ponerme ese mote. Artista es Carlos Alonso, y él dice que es pintor, no artista. En todo caso lo tiene que decir otro, pero yo lo siento grande a ese mote.


En Bellas Artes tomás usualmente clínicas de dibujo y fue allí dónde descubriste los tondos. Nos contás qué son.

Tondo es un formato que viene del Renacimiento, rotondo, y para abreviar le decimos tondos. Tenés que seguir el círculo. Podés partir del centro a los bordes, o al revés, predominan las curvas. Pinto el fondo de un color y después trabajo arriba. En Bellas Artes encontré a mi maestro: Ariel Mlynarzewicz.

¿Por qué lo llamás maestro?

Lo considero mi maestro porque él encontró la manera de hacerme ver a mí todo lo que tenía para sacar. Me abrió muchas puertas. Estuve 7 años en un taller con él. Con él descubrí la Escuela de Londres. Conocía a Bacon pero no a los otros. Me gusta todo de ellos. La pintura es un lenguaje, trabajás con puntos, líneas, planos, color, luz. Eso es lo básico. Y con esto expresás algo. Esta escuela trabaja con estos elementos y además te cuenta una historia. Por eso me gusta.

¿Te sentís influenciada por ellos en tus pinturas?

Trato (risas), ojalá que sí. Ellos no son ingleses, se reunieron en Londres. Insistieron con la pintura de caballete pero incorporaron elementos del arte no figurativo. En ese entonces estaba a full el arte conceptual.


¿Cómo calificarías el estilo de tu obra?

Yo siempre sentí que no sabía dibujar. No, así no es, me decían los profesores, en Bellas Artes. No tenés problemas con el color, me decían, pero sí con el dibujo. Ariel, en una clínica, invitó a su maestro, Carlos Alonso, y Ariel dejó mis trabajos para mostrar al final. Y el maestro dijo: “ella puede hacer eso porque tiene un excelente dibujo” (risas). Y siempre me habían dicho que dibujaba mal. Empecé con paisajes figurativos, paisajes de la isla, pájaros, pero todo muy geométrico. Antes del 2001 lo conozco a Ariel. Nuestro primer encuentro fue bárbaro. Fue en un taller del Museo de Bellas Artes. Trabajábamos con modelos en vivo, quería dibujar la figura humana, ya que no sabía dibujar (risas). Eran trabajos de dibujo de 10 o 15 minutos, con pincel y acrílico. Y él te enseña a partir de lo que a vos te sale bien, con lo que vos traes. Voy a las clínicas para seguir teniendo práctica. No pienso y me digo: ahora voy a hacer la obra maestra. Algunos guardo, otros no. Pintar es un trabajo.

¿Pintás intuitivamente?

Depende. Si hace un mes que no pinto, tengo que pensar un poco más. Me gusta trabajar con grupos. Me gustaría participar en el grupo Boedo, me invitaron a participar, espero poder hacerlo el año próximo. Es un grupo que va por el lado de la pintura del grupo de Londres. También me encanta la pintura abstracta, Kandinsky. Soy colorista.


Uno ve tus pinturas y efectivamente tiene la impresión que el color estalla.

Puede sonar vanidoso pero puedo lograr armonías usando todos los colores. John Berger tiene una teoría de que vas a trabajar más con la línea o con el contraste de los colores. Yo aprendí a mirar en el campo, en espacios abiertos. Y ves por contraste. La línea no existe porque no tenés límites. Una persona que aprende a mirar en espacios cerrados tiene el límite marcado, y va a dibujar de una manera distinta a la que dibujo yo. No veo por línea.

¿El arte pop te gusta? Trabaja mucho el color.

Me gusta Hopper. No me gusta Andy Wharhol porque no tiene mucha investigación, es muy reiterativo. El retrato de la Fortabat es igual al que le hizo a Jaqui Kennedy. Me gustan las obras que al verlas uno siempre le encuentra algo nuevo. El pop inglés me encanta. Una buena pintura es como un viaje, porque aprendés.

Visitaste muchos museos en buena parte del mundo. ¿Cuál te impresionó particularmente?

El Prado. Paraba a 3 cuadras de El Prado y enfrente del Reina Sofía. Quería ver al Bosco, Durero, Goya, Velázquez. Obras maestras. Me rompió la cabeza Velázquez. Me dejó sin aire. Ver sus pinturas en vivo es impresionante. Era un investigador: cómo funcionaba el plano, la línea, los contrastes, y todo eso en un retrato de la Corte. También me gusta mucho Goya.


Algunas de tus pinturas parecen tener referencias autobiográficas.

Tuve cáncer, terminé mi tratamiento de quimioterapia y me hice los controles a los 6 meses y está todo bien. Hice análisis con una psicóloga que me decía que todos mis trabajos son autobiográficos. Y sí, es verdad. Tengo muchos trabajos de mi época de enfermedad y de salir de la enfermedad. Me he pintado pelada. Siempre busqué eso de ser libre, tuve la necesidad de que nadie me rompiera los ovarios, por el Opus Dei. El arte me ha salvado de la locura.

 

 

 

#Mariel Kury #pintura