Filmar el verano 1: Bergman

Un verano con Monika (Ingmar Bergman, 1953)

por Leonardo Maldonado

Monika (Harriet Andersson), una joven hastiada de su trabajo y de su familia, conoce a Harry (Lars Ekborg) en un café, le pide fuego para encender un cigarrillo y lo invita al cine. En la sala oscura, mientras él bosteza, ella llora con el final de una película hollywoodense y sueña con otra vida. Una en la que pueda comprarse vestidos, en la que no haya pobreza ni niños ni tenga que trabajar ni soportar los acosos sexuales de sus compañeros. Se enamoran. Ella lo encuentra distinto al resto de los hombres: es dulce, tierno, aniñado, menor de edad. Harry es golpeado en la calle por uno de los pretendientes de Monika. Ella renuncia a su empleo y lo convence de que haga lo mismo. Pasan un día en el bote del padre del muchacho y parten hacia una isla lejos del pueblo. Allí toman sol, cantan, disfrutan de la naturaleza, se desnudan, se aman. Tienen que procurarse su propia alimentación. Se rebelan contra el sistema.

¿Cómo filma Bergman los encuentros de la pareja? Mientras están en el pueblo (que el realizador contrasta con la suntuosidad de Estocolmo), hay tres grandes momentos: los amantes se abrazan y se besan en medio del claroscuro; Harry le acaricia la pierna a través de la media color carne; y ya en el bote, se desvisten y comparten la bolsa de dormir. Bergman acerca la lente de la cámara a los cuerpos de los protagonistas. Bergman representa la intimidad de la pareja: la escena en la que se protegen del frío en la bolsa de dormir era inusual para 1953: franca, directa, frontal. Dura como el blanco y negro de la cinta. Al director sueco le interesa mostrar eso que no tenía lugar en el cine comercial hecho en Hollywood, que luego del beso-pasión que se prodigaba la pareja, la cámara realizaba un paneo que abandonaba sus rostros y se quedaba con el fuego ardiente de la chimenea.



¿Cómo filma Bergman el verano? En la isla, en las primeras tomas, destaca la pequeñez humana frente a la inmensidad de la naturaleza. Pero inserta un plano detalle: unas gaviotas volando. Abrazada, la pareja contempla la belleza del paisaje. Un día, Monika se desviste frente a Harry y camina sobre las rocas para darse un baño de inmersión. Él la contempla desnuda y le acaricia los hombros, el cuello y el pecho. Ella le toma la mano y se la besa mientras las gaviotas no dejan de chillar. Planean el futuro recostados contra una roca; un viento suave vuela sus cabellos. Monika pasa muchas tardes dorándose al sol en la cubierta del bote. Al atardecer, Harry enciende fogatas y aviva el fuego. Han convertido a la isla de Ornö en su Paraíso.



No hay otro director de cine en el mundo que ruede las peleas conyugales como Bergman: el drama se vuelve un film de horror. Los gritos de Monika son casi inhumanos, la desolación de Harry es total. Todo cambió de estado: se pasó del invierno al verano, del frío al calor, del amor al odio, y de las caricias a los cachetazos. Cuando Monika mira a cámara no le pide al espectador que la juzgue. Mucho menos que la comprenda (en especial si pensamos en el espectador de principios de los 50) ni que le tenga lástima. Por el contrario, con este signo de autoimplicación (la película dice: soy una película y usted es el espectador que me está mirando), Bergman le otorga a su film un rasgo de modernidad: la rebeldía de Monika nos implica, su mirada nos desafía. Qué espectador se atreve a romper determinadas normas que, según está establecido, nos convierte socioculturalmente en buenas personas.


 

Ficha técnica: Un verano con Monika (Sommaren med Monika, Ingmar Bergman, 1953). País de producción: Suecia. Intérpretes: Harriet Andersson, Lars Ekborg, Dagmar Ebbesen, Naemi Briese, John Harryson. Duración: 93 minutos. Blanco y Negro.

#Ingmar Bergman #Un verano con Monika