Las Majas de Goya: la vestida y la desnuda 

Polémica por El velatorio: el cuento de la discordia

por Leonardo Maldonado

La publicación de un cuento de Pablo Gianna, El velatorio, en la edición de ayer viernes 25 en La Auténtica Defensa, causó gran revuelo en las redes sociales de los campanenses. Hubo ataques y defensas acérrimas y calurosas. Muchos encontraron al texto “chocante”, “horrible”, “vulgar”, de “temática espantosa”, “pornográfico”, “de mal gusto” y con uso de “lenguaje inapropiado”; otros hicieron hincapié en la libertad de expresión y en que se trata de un relato de ficción con cualidades artísticas; a otros lectores les molestó el lugar en el que fue publicado: un diario no es el lugar correcto para publicar este tipo de relatos y además muchos niños podrían leerlo; a muchos otros les pareció que el cuento no es apropiado en un contexto social en el que, patriarcado vigente y mediante, el hombre ejerce violencia simbólica y física sobre las mujeres y en lo que va del año la cantidad de femicidios cometidos es alarmante; y a otros tantos no les irritó ni la temática ni el medio de publicación sino que simplemente no encontraron cualidades literarias en el texto: no les pareció novedoso o encontraron reminiscencias de otros cuentos que tratan el mismo tema. Las repercusiones fueron tantas que el autor posteó un video en su muro de Facebook en el que se defiende, y con razón, de las acusaciones moralistas –encuentro que el final de su alocución es innecesario: “gracias por la publicidad gratis porque ahora voy a poder vender más libros”. El fenómeno ocurrido es interesante (¡una polémica en Campana que tiene como protagonista a un cuento!: ¿cuándo se ha visto?, ¡habrase visto!) y tiene varias aristas para analizar.

En primer lugar, hay que diferenciar el hecho literario (el cuento) del hecho social acontecido (la polémica virtual). En segundo término, es necesario reflexionar sobre el medio en el que fue publicado (¿el medio es el mensaje? –aún perviven los ecos de McLuhan). Y por último, el rol de las redes sociales como un lugar de crítica a los medios de comunicación locales: desde hace un par de años se observa con mayor intensidad cómo los lectores de los medios critican determinados aspectos, tanto de forma como de contenido (corrigen información o aclaran hechos, por ejemplo, en las páginas Facebook de los medios de la zona). En nuestro país, la información que brindan los medios con la que construyen la realidad, y a partir de la cual se forma la opinión pública (¡Oh Habermas!), comenzó a desacralizarse en 2001 cuando el país entró en default. Los medios de Zárate y de Campana parecían estar a salvo en ese sentido. Pero la polarización política que vive gran parte del país (kirchnerismo/macrismo) avivó ese fuego que parecía (o estaba) apagado.

El tema de “El velatorio” es la necrofilia. Nek  (que se parece mucho a Álex de La Naranja mecánica, de Burgess) queda a cargo de la empresa funeraria de su amigo y antes de embellecer el cadáver de una modelo que le gustaba y que no había podido conquistar, la penetra reiteradas veces y la sodomiza sin que estos actos le causen algún dilema moral. Se le presenta la oportunidad y lo hace; no parece molestarle el hecho de que Ingrid esté muerta, lo único que le interesa es penetrarla; no llora la muerte de esa mujer que le gustaba y que se había acostado con varios de sus amigos menos con él. El tema no es novedoso (¡qué tema lo sería!) y ha sido tratado en infinidad de textos poéticos: desde Vértigo (1958) de Hitchcock hasta una de las nouvelles de El centro del mundo (2013) de Lissardi –la prosa de Gianna queda “rosa” al lado de la de este autor uruguayo. La serie de 2001, Six feet under, también causó cierta controversia cuando estuvo al aire. Combinados, el sexo y la muerte siguen constituyendo un tema tabú. ¿Es transgresor el cuento de Gianna? No, ni en lo temático ni en la forma (no es Cortázar, no inventa el gíglico, para que se entienda). ¿Es interesante? Sí, en lo temático y en la forma (separaremos aquí este binomio, aunque no deba hacérselo, de todas formas). ¿Tiene cualidades literarias? Sí, las propias de un texto contemporáneo.

Muchos internautas opinaron que no le encuentran al relato “cualidades literarias” o que adolece de “tratamiento poético”. Es evidente que se piensa aquí en una concepción de la literatura que tiene por función embellecer el lenguaje. Pero la Retórica cayó con Mallarmé, nos dice Foucault en una de sus clases de literatura de los años 70. Es más, sostiene que el umbral de la literatura moderna es Sade. ¡Qué autor podría escribir hoy una metáfora del tipo “las perlas de tus dientes”!, ¡qué escritor emplearía hoy interminables oraciones subordinadas a lo García Márquez! El transcurrir del horror del siglo XX, que es el siglo de las dos grandes guerras, del capitalismo salvaje y de los campos de concentración, ha ido impidiendo el embellecimiento del mundo. Los autores argentinos contemporáneos consagrados no hacen más que buscar una escritura despojada de toda figura retórica. “Llueve”, escrito así, a secas, podría ser el comienzo de cualquier novela de Jeanmaire, Kohan, Martínez, Mairal. (¿Alguien se escandalizó por cómo el primero de estos autores erotiza a Sarmiento en Montevideo y está páginas y páginas describiendo (eso es lo que hace: ¡describir!) las erecciones del prócer cuando se encuentra con Mariquita Sánchez de Thompson?). Descripción, sujeto-verbo-predicado, oraciones sencillas, capítulos breves y palabras corrientes parecen ser las premisas de muchos autores contemporáneos. Escribe Gianna:

“La funeraria estaba llena de clientes, tenía mucho trabajo y, en algunas ocasiones, Agustín debía ausentarse de la empresa por uno o más días para asistir a cursos, reuniones, y otras cosas relacionadas con el negocio de los muertos”.

La frase “el negocio de los muertos” podría ser un buen punto de partida para pensar la monopolización de los servicios fúnebres en Campana. Pero el despojo también abarca, por lo menos, otro aspecto: en el texto moderno no es necesario (si escribiera aquí “menester” utilizaría un registro extemporáneo) explicar la psicología de los personajes: ellos simplemente son y actúan.  El primero en hacerlo fue Camus en El extranjero (1941): no puede ser que un hijo no llore la muerte de su madre.

La cuestión de la caracterización del relato como “pornográfico” está atada a la concepción del espacio literario como las Bellas Letras (el texto pre-moderno) y a una noción peyorativa de la pornografía (¿hacen falta citar aquí a directores porno de autor?, ¿a directoras feministas del movimiento posporno?). La historia de la literatura mundial arroja ejemplos a montones de autores que fueron censurados, enjuiciados, despreciados, aislados, maltratados, encarcelados por haber escrito textos que fueron considerados obscenos o que atentaban contra la moral y las buenas costumbres: Baudelaire, Flaubert, Wilde, Nabokov, Bataille, Miller, Nin y Apollinaire entre tantos otros. Las discusiones de los binomios erótico/pornográfico y pornográfico/artístico ya han perimido. Sobre todo a partir de la conceptualización de “lo porno” como una categoría estético-política a un tiempo que construye la subjetividad (nuestra subjetividad) en el capitalismo. Qué no es porno en el sistema económico actual en el que vivimos y por el que nos regimos.

Oscar Wilde planteó a principios del siglo XX que “el arte es inmoral”. Idea que toma Sontag (y también Kristeva) en los años 60 para diferenciar el arte de la cultura, para discriminar un texto cultural de uno artístico. El arte horada la cultura, la penetra, la cuestiona, la hace temblar, la resquebraja, la parte, la desnuda. La cultura es la ley del padre, es la sociedad que se erige a partir de la prohibición universal del incesto (Lévi Strauss), la cristalización de la norma. Por eso hay textos de cultura y textos de arte. Los textos artísticos son difíciles de leer y de digerir porque desafían las normas que impone la vida en cultura. Por eso el arte, según esta concepción, es incestuoso. Hay, no obstante, textos de cultura que quieren disfrazarse de textos artísticos (algunos internautas han sugerido esto en sus redes con respecto al cuento de la discordia), pero la máscara se cae rápido. Los diccionarios (textos de cultura) definen al arte como el acervo de las obras de cultura de un pueblo… Los diccionarios confunden arte y cultura. La literatura argentina, dice Piglia, se inicia con una violación, la narrada por Echeverría en El Matadero. Esa violación la reescribe Lamborghini, prosigue Piglia, en El niño proletario, una porno-novela, la mejor de nuestras oscuras letras argentinas (abro un paréntesis para decir que a mis alumnos que estudian el profesorado de Lengua les choca fuertemente este texto). Para Wilde, Sontag y Kristeva, las letras no son bellas sino siempre oscuras. En los 70, la Eva Perón de Copi no pudo estrenarse en Argentina porque el director quería que el personaje de Eva fuera interpretada por un hombre  –¿no era que Evita era una machona, que una primera dama no tenía que entrometerse en la política, que una mujer que ejercía el poder se masculinizaba?

El martes 8 de enero pasado, La Auténtica Defensa publica un artículo (“Crudo y urbano”) en el que informa que a partir de ahora Gianna comenzará a publicar sus cuentos en la sección “Rincón Literario” y hay un textual en el que el autor sostiene: “Creo que mi literatura pertenece a una corriente realista, urbana, y muy cruda; muy visceral, hay un mensaje en mis cuentos de crítica social", y prosigue: "Me gustan los personajes vagos y que viven un poco en una situación incierta”. Si los dos personajes masculinos del cuento son claramente dos perversos, ¿por qué sobreinterpretar (¡Oh Sontag!) el relato? ¿Cómo es eso, por un lado, de que no pueden existir los narradores ominiscientes pervertidos y, por otro, de que se confunda al autor con la figura del narrador? La abyección se produce cuando se banaliza la historia. En cine, es el caso del film italiano La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), que banaliza el Holocausto. Si el cuento de Gianna se basara en un hecho real que hubiese ocurrido la semana pasada en la única casa velatoria de Campana, ahí sí estaríamos frente a un texto abyecto. La fiesta del monstruo, de Borges y Casares, es antiperonista, pero no abyecta.

Un colectivo feminista repudió el cuento argumentando que es misógino y que “naturaliza la violencia machista”, que este no es el mejor contexto para su publicación, y le solicita a los responsables del diario “perspectiva de género” para seleccionar los textos poéticos a publicar. ¿Perspectiva de género para el arte? Misión imposible: el arte es indomable, indomesticable. Es un caballo desbocado, el arte (¡en las argumentaciones también se puede apelar a las metáforas típicas de los textos premodernos!). En un periódico, lo que necesita perspectiva de género son las noticias, los informes, los artículos, las notas de opinión y las publicidades que construyen la opinión pública. El arte no construye opinión pública (¡Oh Habermas bis!) porque es de índole privada. Otra cosa muy distinta hubiera sido que el hecho en cuestión hubiera ocurrido en la realidad y un periodista de La Auténtica Defensa le preguntara a Gianna qué piensa de esa aberración y él hubiera contestado una barbaridad, algo así cómo “se merecía que la violaran porque en vida no quiso acostarse con él, lo histeriqueaba. Lo felicito, yo hubiera hecho lo mismo”. El cuento de Gianna no puede sinonimizarse con las declaraciones de, por ejemplo, Cordera.

Pero el cuento es ficción. Pareciera que su publicación, en Campana, hubiera pulverizado ese pacto tácito existente entre el texto y el lector, que (siempre) sabe (o debiera saber) que lee ficción. Se trata de un cuento que no banaliza un hecho real. Y por eso no es abyecto. ¿Tanto molesta el tono tétrico? Con el criterio aducido por este colectivo, un autor, o autora, no podría escribir, por ejemplo, un policial en el que un asesino serial matara judíos, o árabes, o lesbianas, o negros. La perspectiva de género, en todo caso, se debiera solicitar a las editoriales de los manuales escolares. Emerge aquí otra cuestión: los protocolos literarios de lectura. Los internautas espantados no tanto por el tema sino por el lenguaje “soez” o por la ausencia de estilo o de “estética”,  ¿se preguntaron desde dónde se lee el relato?, ¿desde qué género literario?, ¿por qué se lo lee en clave realista?, ¿no podría acaso ser El velatorio un cuento de horror?

Con respecto al lugar donde fue publicado no hay mucho para decir. Los periódicos publican textos poéticos desde el siglo XVIII. La controversia por la publicación de folletines policiales truculentos comenzó también en ese siglo, en Francia particularmente: a Campana la discusión llegó muy tarde y de modo extemporánea. La Auténtica Defensa tiene derecho a publicar lo que quiera tanto en la arena periodística (con la línea editorial que elija) como en su Rincón Literario. El discurso periodístico sí genera opinión pública: aquí sí, como todos los diarios, debe hacerse cargo de la construcción que realiza de la realidad. Los medios masivos construyen Otredad, por ejemplo, estigmatizan determinados actores sociales, blindan a determinados partidos políticos y critican a otros, recortan y sesgan la realidad, etc. Pero a la vez es una voz polifónica (ya lo decía Borrat en los 80) y puede darle espacio a otras voces, incluso a aquellas con las que no está de acuerdo (una carta de lectores, por ejemplo, o una solicitada).

Finalmente unas líneas respecto de la posibilidad (incierta, por cierto) de que los niños pudieran acceder a la lectura del cuento. En primer lugar: ¿cuántos niños leen el diario? Luego: ¿cuántos niños leen LAD, versión papel y versión online? Los niños de nuestros días están plenamente imbuidos en la cultura audiovisual y se arrojan a las pc y a las tablets y a los teléfonos celulares, no a los diarios impresos. Por otra parte, ¿por qué el sentido común esta vez no dictaminó esta frase: “qué hacen los padres que no controlan lo que leen sus hijos”?, ¿porqué toda la responsabilidad del sentido común se dirigió al autor y a los directivos del diario? Es raro, muy raro. Más “peligrosa” para los niños es internet, en todo caso. Y la exposición a la erotización de la infancia que realiza cotidianamente la industria cultural mainstream. El velatorio no es cuento que haga apología de la necrofilia. Es un cuento contemporáneo. Un buen cuento contemporáneo que, además, sacudió un poco el polvo de la cultura campanense.

#El velatorio #Pablo Gianna #La Auténtica Defensa