Sobre la Educación Emocional

por Silvina Abadía*

Este gobierno se presentó en campaña como la “nueva política” y construyó una imagen basada en la eficiencia y en la no ideologización de la política. Sus discursos siempre estuvieron muy lavados, muy vaciados de contenido. Transmitieron mensajes muy similares a los difundidos por algunos líderes espirituales, apelando a la fe, la confianza, a un futuro que será mejor, aunque no explicitan cómo, para quién y de qué manera se arribará a ello.

En sintonía con este posicionamiento, comienza a encontrarse en Educación un discurso ligado a las emociones. Se sostiene que se quiere promover una formación integral de los sujetos, tanto en sus aspectos cognitivos como emocionales. Esto parte de una legítima crítica que se realiza a un sistema pedagógico que en sus orígenes apunta al desarrollo de las habilidades intelectuales de los sujetos única o principalmente. Se trata de un discurso que se asienta sobre cuestionamientos reales y que deja poco espacio al debate al asentarse sobre una supuesta neutralidad. ¿Quién podría negarse a la formación de las emociones en los sujetos? Esto ya tiene, de por sí, una valoración positiva en sí misma. Pero, a pesar de lo que pueda parecer, existen distintas alternativas y formas de entender este tipo de formación. La propuesta del gobierno está lejos de ser neutral o aséptica.

La perspectiva de la formación en las emociones viene sosteniéndose desde algún tiempo desde organismos multilaterales que influyen a nivel mundial sobre las políticas educativas. El Banco Mundial, por ejemplo, sostiene cómo determinadas actitudes como “proactividad, adaptabilidad, honestidad y capacidad de trabajar en equipo son otras habilidades muy valoradas en los futuros empleados”. Y más adelante plantea que “las habilidades socioemocionales son un conjunto de características que permiten a un ser humano relacionarse exitosamente en la vida (...) Características como la empatía y la tolerancia, la confianza en sí mismo, la creatividad, la autorregulación y la perseverancia son germinadas durante la niñez. Se ha visto que las personas que desarrollaron este tipo de habilidades antes de los 5 años tuvieron menos conductas de riesgo como el uso de drogas, el embarazo adolescente, el pandillaje, e incluso la criminalidad” (1).


En esta propuesta hay un claro posicionamiento político. Por un lado, los alumnos deben desarrollar emociones y habilidades que les permitan adaptarse exitosamente al ámbito laboral, adecuarse a lo que desde allí se solicite sin posibilidad de reflexión o pensamiento crítico al respecto; se trata de la pura adaptación a lo existente. Por otro lado, el destino del sujeto respecto de situaciones como un embarazo temprano, drogadicción o criminalidad puede evitarse a partir de la educación de las emociones. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué mensaje se encuentra implícito? Que nada tiene que ver con el desarrollo del sujeto el contexto de marginalidad, desigualdad o injusticia en el que pueda estar sumido. Nada tiene que ver que formemos parte de una sociedad que no nos permite vivir con libertad, donde perdemos derechos todos los días. Si sabemos controlar nuestras emociones, podremos sobrellevar lo que nos encontremos en la vida.

En provincia de Buenos Aires se están realizando algunos cambios en este sentido en distintos niveles del sistema educativo y recientemente se dictaron capacitaciones para docentes y directivos que trabajan en Nivel Inicial. En uno de los Cuadernillos de trabajo se aborda el tema de la regulación emocional y la importancia de la misma. Se dan ejercicios para ayudar a los alumnos a autoregular sus emociones. Se trata de propuestas que se ven atractivas para el cuerpo docente, tienen un lenguaje accesible y coherente y estrategias que pueden parecer interesantes. Sin embargo me parece que si no hay una formación profunda de los docentes en este sentido y una problematización de las mismas, su aplicación terminará siendo superflua e improductiva. Camilloni nos habla de las modas pedagógicas, corrientes de pensamiento que súbita e inexplicablemente reemplazan a una anterior, de manera acrítica, un discurso con una fuerte cohesión de ideas pero que por lo rápido de su implementación, carece de raíces y de fortaleza en sus bases teóricas (2).

Aquí, bajo el criterio de su supuesta neutralidad y asepsia, sus fundamentos no se ponen en discusión. Este gobierno a nivel nacional y a nivel local no admite las discusiones ideológicas, se plantea como aséptico, toma conceptos demasiado generales y sin definiciones específicas, cuestiones e ideas que en sí mismas son difíciles de discutir, como el incluir a todos, el ir todos juntos, etc. El discurso sobre las emociones comparte el mismo problema, ¿cómo oponerse a esta propuesta? Pues entonces tal vez no se trata de oponerse sino de problematizarla, ¿para qué se sostiene esta perspectiva?, ¿desde dónde?, ¿con qué fundamentos?, ¿para qué objetivos? Si no se plantea un posicionamiento es para no abrir el debate al respecto.


Se me ocurre contraponer este debate con el que se plantea en torno a la Educación Sexual Integral. Algunos grupos que se opusieron fuertemente a la legalización del aborto que se debatió recientemente en el Congreso Nacional planteaban como alternativa la educación sexual. Esta ya está prevista en una Ley desde el 2006 pero su implementación viene teniendo un desarrollo algo irregular. Es por eso que con posterioridad a la no aprobación de la ley que hubiese legalizado el aborto, se promovió retomar y dar nuevo impulso a la Ley de Educación Sexual Integral.

Curiosamente, o no tanto, muchos de estos grupos, fundamentalmente religiosos, que se habían opuesto a la legalización del aborto y que dentro de sus variopintos argumentos para tal oposición habían planteado la importancia de la educación sexual ahora también se oponen a la misma. Lo llamativo, o no tanto, son los argumentos que se utilizan. Por un lado se habla del derecho de las familias a dar la educación que ellos elijan a sus hijos. Por otro lado se habla de que a partir de la ley se propone la “ideología de género”. En primer lugar no hablamos del derecho de la familia, hablamos de los derechos de niños y adolescentes. “En este sentido la Ley promueve: La perspectiva de derechos humanos como marco de la ESI alude a la obligatoriedad del Estado de garantizar el efectivo cumplimiento de los derechos de las personas (...) se alude al derecho de las personas a recibir información y conocimientos debidamente validados por la comunidad científica en lo que hace al cuidado, promoción y prevención de riesgos y daños de la salud, el respeto por el cuerpo propio y el ajeno, la prevención de enfermedades infecto contagiosas y todo conocimiento que contribuya al ejercicio de una sexualidad sana, responsable (...). Esto implica que la escuela debe enseñar que ciertas prácticas, aún aceptadas culturalmente por algún colectivo social pero consideradas violatorias de los derechos humanos desde la perspectiva de la protección integral de los mismos (tal es el caso del abuso sexual u otras formas de maltrato o vulneración de derechos) no pueden ser aceptadas. (...) Los derechos de los alumnos y alumnas son reconocidos cuando se trabaja en torno al suministro de información adecuada, actualizada y científicamente validada, la consideración de sus opiniones, emociones y sentimientos y la asunción del rol del adulto, mediante el ejercicio de la función de orientación y confrontación en el marco de la contención y la confianza” (3).


En segundo lugar, el argumento para rebatir esta ley o lo que se intenta enseñar a partir de ella se afirma en la palabra ideología. Se le da a esta una connotación claramente negativa. Ideología de género como algo que apunta no a la educación sino al adoctrinamiento. Como ya se afirmó en una nota anterior en este mismo sitio, toda educación es política (4) y en toda práctica pedagógica subyace un contenido ideológico que se plantea de manera más o menos explícita. Lo mejor que puede pasarle al debate educativo es abrirse, profundizarse e ir a los principios teóricos, políticos e ideológicos que sustentan a cada propuesta. Según UNICEF el 48% de los niños hasta 17 años son pobres, se vulneran derechos vinculados a “educación, protección social, vivienda adecuada, saneamiento básico, acceso al agua segura y un hábitat seguro” (5). ¿A través de qué emociones podrán estos niños y adolescentes canalizar esta realidad para poder ser exitosos en la vida?

Ana Abramovsky sostiene que “por más que las pasiones y las emociones nos resulten familiares, obvias y prereflexivas, no debemos perder de vista que su sentido está condicionado y definido por horizontes sociales y culturales y valorativos” (6). El neoliberalismo promueve individualismo y meritocracia, y esto tiene su correlato en emociones vinculadas a estos aspectos: mirar nuestra propia realidad sin interesarnos por lo que le pasa a los demás, y sentirnos responsables de lo bueno y de lo malo de nuestras vidas.

¿Educación de las emociones? Sí, aquellas que promuevan solidaridad, empatía por lo que le pasa al otro, preocupación y compromiso con la lucha contra las injusticias y por una sociedad más libre e igualitaria para todos.

 

1) www.bancomundial.org/es/news/feature/2015/06/22/las-emociones-valen-tanto-como-los-conocimientos
2) Camilloni, Alicia (2007). El saber didáctico. Buenos Aires, Paidós.
3) www.argentina.gob.ar/sites/default/files/43-08-anexo-1_0.pdf
4) www.enlasvenas.com.ar/noticia.php?not=68
5) www.ambito.com/grave-el-48-los-ninos-argentinos-son-pobres-segun-unicef-n5003348
6) Pág. 33
 

 


* Nació en Campana en 1978. Es Profesora y Licenciada en Ciencias de la Educación (Universidad Nacional de Luján). Trabaja en el ISFDyT nº 15 de Campana en diferentes carreras en las cátedras de Pedagogía, Didáctica y Espacio de la Práctica Docente.

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