Criadas, bebés y terrorismo de Estado

por Leonardo Maldonado

La serie El cuento de la criada, en nuestro país disponible en Cablevisión Flow, está basada en el homónimo y exitoso libro de la escritora canadiense Margaret Atwood, publicado en 1985, que narra el calvario de June, una treintañera que es forzada a quedar embarazada, parir y entregar su hijo a un matrimonio infértil luego de que Estados Unidos desaparece como estado nación democrático (unos supuestos ataques terroristas “externos” asesinan al presidente, destruyen el Congreso y la Casa Blanca, se produce un golpe de estado y la constitución es suspendida) y en el marco de un complejo contexto: la contaminación ambiental ha dejado estériles a gran parte de las mujeres (y a muchos hombres, aunque este hecho es silenciado). El país de la estatua de la Libertad es reemplazado por la República de Gilead, dirigida por un grupo de hombres poderosos, los Hijos de Jacob, que valiéndose de determinados pasajes del Viejo Testamento instituyen rígidas leyes, imaginarios socioculturales, idiosincracias y valores ultraconservadores que crean una nueva sociedad a la que califican como natural y beneficiosa para el futuro de la humanidad.

Esta poderosa secta de hombres de negocios ha ido pergeñando la idea durante años y viene realizando acciones concretas de modo paulatino para preparar el terreno para la instalación de la República. El estado terrorista no se instala de un día para otro. Una de las primeras medidas que toma es quitar solvencia económica a las mujeres. Ellas ya no pueden trabajar. Luego, se les prohíbe leer, estudiar, dar clases, oír música y realizar cualquier actividad libremente. Algunos ciudadanos, hombres y mujeres, logran escapar y exiliarse. Una vez instalado el régimen, las mujeres son divididas en castas y quedan sujetas a los hombres: la condición jurídica de la mujer desaparece. Por eso cuando se arma el sistema de castas que conformará la nueva sociedad, a las mujeres se las clasifica de acuerdo con su posibilidad de procreación. Así, las mujeres de clases altas estériles son las Esposas (visten de verde); las jóvenes que ovulan y que tienen posibilidades de tener hijos son las Criadas (visten de rojo); las que ya han entrado en la menopausia y las viejas son las Marthas (visten de gris); las niñas que han nacido en la era pre-Gilead son las Hijas (visten de blanco); y las Tías son las maduras que adoctrinan a las Criadas y las encargadas de los partos (visten de marrón). La clasificación de los hombres (Comandantes, Choferes, Espías, Guardianes, Trabajadores) no está relacionada con la fertilidad. En este nuevo orden, los abortos, la homosexualidad (a la que llaman Traición de Género), el sexo fuera del matrimonio, cualquier transgresión a las nuevas reglas y todo intento de rebelión son castigados severamente.

Las mujeres fértiles son desprovistas de todo derecho, incluso el de conservar sus nombres y apellidos propios. Ahora se las llama por el nombre del Comandante a la que fueron asignadas: son de un hombre determinado. June (Elisabeth Moss) es ahora Defred (en inglés: Offred) porque está bajo la órbita (casa y sexo) del Comandante Fred Waterford (Joseph Fiennes), casado con la estéril Serena (Yvonne Strahovski). La única misión de la Criada es procrear. Ha sido reducida a un objeto, ha sido cosificada. Como en esta comunidad la lujuria y la infidelidad constituyen un delito, y para “atemperar” los trastornos psicológicos que el acontecimiento pueda acarrear, la cópula entre el Comandante y la Criada, acto al que denominan La Ceremonia, se realiza de modo mecánico, impersonal y en presencia de la Esposa. Una vez que la embarazada da a luz, y luego del período de lactancia, debe entregar al recién nacido y es asignada a una nueva casa para recomenzar el ciclo. Es el Infierno, Gilead. Podría haber sido los dulces sueños de Videla o de Massera o de Astiz o de Etchecolatz.


Partos naturales tras las violaciones

En varias entrevistas y en sus redes sociales, Atwood expresó que para contar esta historia se había inspirado en el robo de bebés ocurrido durante la última dictadura cívico-militar argentina. En la mayor parte de las reseñas y críticas que pululan en la web, y en las categorías de premios a los que ha sido postulada, la serie se presenta como drama. Ese es el género que se le adjudica. Sin embargo, el género que la rige es el horror -en Estados Unidos no entregan Emmys ni Globos de Oro a este género. No se trata de una serie de horror por el tema al que alude, es decir, porque ficcionalice la gestación forzada y el robo de bebés, sino porque el tratamiento visual y sonoro, los tiempos de la acción, las escenografías, la iluminación, el montaje, las actuaciones y la puesta en escena, entre otras cuestiones, corresponden inequívocamente a ese registro. La historia oficial (Luis Puenzo, 1985) o Infancia clandestina (Benjamin Ávila, 2012) son dramas, no películas de terror. La contención de las respiraciones de Defred en determinadas circunstancias, el estado de locura interior al que la situación la lleva, los nervios que carcomen su cuerpo, las ejecuciones y mutilaciones para quienes infringen las reglas, el pánico que en las mujeres generan las acciones y los dichos de los Comandantes, la vigilancia y las paranoias continuas, las puestas en escenas de las violaciones y de los partos sin la anestesia peridural conforman algunos ejemplos. Si a algún espectador le parece que no es verosímil algún que otro alumbramiento, recuerde cómo Rambo, Terminator y otros muchos héroes machirulos de Marvel escapan de las balas y de la muerte cada dos o tres minutos.


Tía Lydia es muy peligrosa...

El cuento de la criada es terrorífica: asusta y angustia. No necesita apelar al gore ni a zombies ni a extraterrestres ni a fantasmas ni a efectos visuales complejos para aterrorizar al espectador. No da tregua, quita el aliento. Todo empeora a medida que los capítulos se suceden. El mundo que plantea es desesperante, asfixia. Es la puesta en marcha de un fascismo patriarcal impiadoso, inescrupuloso, arbitrario, demencial, fanático e hipócrita (los Comandantes no han eliminado la prostitución, por ejemplo, y esconden ese mundo a sus Esposas). Es el universo del panóptico foucaultiano, de la vigilancia extrema (hay Guardianes que portan ametralladoras en casi todos los planos exteriores). Asusta terriblemente porque es el mundo de los totalitarismos. No hay personaje que no padezca el miedo o no entre en paranoia, aún los Comandantes (siempre se corre el peligro de ser acusado de Traidor). Las Tías, para amansar a las Criadas utilizan armas que propulsan descargas eléctricas. Ellas son parecidas a las Taser, pistolas que la ONU ha calificado como armas de tortura y que se utilizan en varios países desarrollados, Canadá incluida. Las Taser son las pistolas que desde hace años, desde que gobierna la Ciudad de Buenos Aires, el Pro quiere que porte y use su policía. La Ministra de Seguridad Patricia Bullrich anunció en febrero de este año la compra de unas 300 a un costo de 3000 dólares cada una.

Gilead es un estado policíaco. Y si nos aterra es porque la historia moderna, por un lado, no deja de mostrarnos ejemplos aberrantes, y por otro, porque el neoliberalismo a nivel planetario no cesa de crear con éxito imaginarios, populismos y fundamentalismos de derecha que podrían derivar en este tipo de regímenes. En Brasil, a diferencia de Macri, Bolsonaro no necesitó mentir durante la campaña: millones lo votaron aunque reivindicó al torturador de la ex presidenta Dilma Rousseff, se declaró racista y dijo que la homosexualidad es una enfermedad. Marine Le Pen, en Francia, se asume de derecha con orgullo desde hace años. Las crónicas y las reseñas escritas sobre la serie (al menos las relevadas) en La Nación, Clarín e Infobae no vinculan la serie ni con el neoliberalismo ni con los partidos de derecha que hoy son gobierno en gran parte del mundo. Para los medios hegemónicos argentinos, la derecha queda o bien lejos (Hungría) o muy cerca (Brasil) de nuestro territorio, pero nunca está en casa. Y eso que Atwood tomó el aspecto más cruel y nefasto de la historia argentina reciente y que la familia Macri se enriqueció durante la dictadura a partir de la obra pública. Es sólo una historia cruel basada en una novela distópica, la serie. Sí la politizaron, en columnas a favor o en contra, cuando un colectivo artístico de mujeres feministas, ataviadas como las Criadas, realizó una serie de performances en el marco del debate por la sanción (finalmente frustrada) de la ley de interrupción voluntaria del embarazo.


Serena, la Esposa estéril


El Comandante Fred Waterford

Otras de las constantes que se repite en la mayor parte de las reseñas y de las críticas en la web, tanto en sitios en castellano como en inglés o en francés, es que los Hijos de Jacob instalaron una teocracia. Es cierto. El tema es que allí, inmediatamente, se la vincula a la iglesia católica: la alienación sociocultural que produce, sus valores tradicionalistas, su postura en contra del aborto. Sin embargo, creo que esta cuestión es más compleja. En primer lugar, las reseñas no aclaran que la teocracia que sostiene a Gilead se toma del Antiguo y no del Nuevo Testamento. Y ni siquiera de todo el Antiguo Testamento sino de determinados pasajes que la secta entiende como claves para la formación de una sociedad “natural” y “ordenada”. Pero si el Antiguo Testamento se funda en la Justicia de un Dios implacable, el Nuevo se fundamenta en la misericordia de Cristo: de allí que la lectura y el conocimiento del Nuevo esté prohibido. En Gilead no hay sacerdotes (se han eliminado no sólo el cristiano sino todos los cultos), las catedrales son derrumbadas (Defred y Deglen se lamentan por ello), no se celebran misas, no se otorga la comunión, y los niños que paren las Criadas no son bautizados. La religión que rige Gilead no es la católica. De hecho, en uno de los capítulos, una monja negra que intenta escapar dice que Dios, su Dios, el Dios católico, está muy ocupado y preocupado por lo que ocurre en el ex Estados Unidos. Hay entonces una simplificación en muchos de los artículos que tratan esta cuestión. Para que quede aún más claro, la serie lo explicita (y eso que hay muchos hechos y acciones que no son explicitados y que el espectador debe suponer o reponer) en el episodio que tiene lugar en el Boston Globe cuando June le rinde culto a los muertos. June prepara un altar, enciende velas y reza. Es el tipo de acciones que suelen llevarse a cabo con las muertes injustas, violentas, arbitrarias y que alcanzan tanto a conocidos, Lady Di por ejemplo, como a anónimos, como las víctimas de atentados terroristas o de catástrofes naturales. June, no Defred, susurra la palabra Dios y ofrece una plegaria. June cree en un Dios (que parece el Dios de los católicos, aunque nunca se haga referencia a ello) que no es el invocado en Gilead. El Dios que rige Gilead asusta hasta en los saludos obligatorios que deben darse todos los habitantes cuando se cruzan: “Bajo su Mirada” (Under His Eye) o “Bendito sea el fruto” (Blessed be the fruit). No hay ciudadano que no sepa que esa teocracia inventada es una gran mentira. Los hombres de Gilead apenas conocen la Biblia y las mujeres tienen prohibido leerla. La Única Palabra (es decir Orden) autorizada es la institucionalizada por la secta macabra y falocéntrica que gobierna Gilead, por esos hombres racistas, homofóbicos, fascitas, patriarcales, conservadores, monstruosos y de derecha. Hay escenas que son difíciles de tolerar. Es lo que ocurre en el cine de terror: a veces el espectador tiene que desviar la mirada.


Vivir con miedo es una constante en todo estado totalitario. En Gilead no hay atisbo de vida feliz posible, ni siquiera para los poderosos que planearon las leyes fundamentalistas del régimen. ¿Pueden las Esposas estériles creerse el rito de la Ceremonia, no sufren acaso por tener que fingir los dolores de parto junto con la verdadera parturienta? Está claro que las mujeres son las más castigadas, incluso una de las infértiles que formó parte de la mesa chica que ideó y planeó la instalación del régimen es apartada y silenciada por el patriarcado fascista. Pero la condición de lo humano trata de imponerse y emerge aún cuando el costo es la tortura, la mutilación, la desaparición, el trabajo forzado en las Colonias, o la ejecución. La creación de un subhombre crea las condiciones para la emergencia de un nuevo hombre, un Libertador (no entraremos aquí en la polémica del masculino como término no marcado). En todas las dictaduras y en los regímenes totalitarios se tejen redes de resistencia, silenciosas, subterráneas. El propio poder crea esos resquicios porque ningún poder es perfecto ni central ni autómata ni infalible. En Gilead hay hombres y mujeres que intentan resquebrajar algún aspecto de ese poder policíaco que usurpa las libertades, las identidades, los discursos y los cuerpos. En un estudio notabilísimo que reconoce en Vigilar y castigar de Foucault una referencia teórica, el sociólogo Emilio de Ípola, secuestrado y torturado durante la última dictadura en 1976, estudió las bembas (los rumores carcelarios) que circulaban entre los presos y de celda y en celda. Siempre surge un resquicio para obtener información, para saber lo que ocurre “afuera” del Horror, para abrigar una esperanza. El final de la segunda temporada de El cuento de la criada tiene una fuerza arrolladora y crea un campo de batalla que se enmarca en el verosímil de la dignidad de los que luchan con tenacidad, heroísmo y entereza por la defensa de los Derechos Humanos. El 5 de junio, la plataforma Hulu estrenará la próxima temporada.

 

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