La Historia Oficial, de Luis Puenzo 

Leer el Horror

por Leonardo Maldonado

 

Nací en 1974. Mi primer contacto con la historia sobre el terrorismo de Estado, como para muchos adolescentes de mi generación, se produjo a partir de un film: La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986). La vi en el secundario, en la clase de Instrucción Cívica en 1987, cuando estaba en primer año y un profesor desafió, de algún modo, el ideario del colegio católico al que asistía. Nuestros padres tuvieron que firmar una autorización para que viéramos la película. Quedé impactado, impresionado, la escena de tortura me horrorizó. No pude dormir esa noche. Tenía 13 años y era muy ingenuo en relación con muchas cuestiones (no sabía lo que era ni lo que significaba una violación, por ejemplo). Los niños y adolescentes de hoy cuentan con otros tipos de textos que relatan el tema y cuyos contenidos y formas fueron pensados de manera exclusiva para sus edades. Pienso en un episodio formidable de Zamba en el que participa Estela de Carlotto y explica, en voz en off, el derecho a la identidad.

En el colegio la historia terminaba en la década infame y a partir de allí todo consistía en memorizar y repetir como loros y sin sentido la larga lista de presidentes hasta nuestro presente. El peronismo jamás fue abordado en clase. Mi segundo contacto con la temática también fue por esa época y a partir de otro film: La historia oficial (Luis Puenzo, 1985). Mis padres la habían alquilado en vhs y me permitieron verla. No recuerdo si lo hice con ellos o solo. Me sentí identificado con la ingenuidad (histórica) de la profesora (de Historia) que interpretaba Norma Aleandro. Me horrorizó saber que muchas madres habían dado a luz en cautiverio y que sus bebés habían sido robados. La escena final me quitó el aliento, en especial el grito ahogado de Aleandro luego de que su marido se revela como un monstruo.

Mi tercer contacto con el horror de la dictadura se produjo cuando fui a rendir al Pabellón 3 de Ciudad Universitaria el primer parcial de Pensamiento Científico, materia del CBC que adelantaba por el programa UBA XXI mientras cursaba el último año de perito mercantil. Cuando entré al hall del pabellón me impactó una gran bandera realizada por el Centro de Estudiantes que colgaba de uno de los balcones que dan al patio interno. En la bandera había cientos de rostros. Eran los rostros de los desaparecidos. “Ni olvido ni perdón”, estaba escrito debajo de ellos. El corazón se me aceleró. A las semanas compré el Nunca más, y no pude terminar la lectura del primer testimonio. Lloré, no podía comprender cómo una persona podía ejercer ese sufrimiento atroz a otra.

Me volví a conectar con la temática tres o cuatro años más tarde, cuando cursé Historia Latinoamericana y Argentina, cátedra Vazeilles, en la facultad de Ciencias Sociales. Estudiaba Comunicación Social. Me enamoré de ese primer peronismo de la justicia social y de Evita. Sobre el peronismo quería saberlo todo y entender por qué Memen era un traidor. Nuestra profesora, no recuerdo su nombre, se había tenido que exiliar durante la dictadura. Empecé a investigar, a indagar, a leer, a estudiar. Volví al Nunca más: ya estaba preparado. Miré dos grandes documentales que se filmaron entonces: Cazadores de utopías (David Blaustein, 1996) y Montoneros, una historia (Andrés di Tella, 1998). Comencé a ir a las marchas a Plazo de Mayo los 24 de marzo y elegí la temática para realizar dos trabajos prácticos audiovisuales para dos cátedras de la carrera. Primero fue “Cine argentino en la dictadura” (1997) y luego “HIJOS de la Memoria” (1998). Los digitalicé el año pasado y pueden verse en mi canal de vimeo.

 

A partir de entonces, no dejé de leer ni de investigar ni de reflexionar ni de horrorizarme sobre las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado. En 2004 comencé a trabajar en la carrera de Comunicación Social que se dicta en el Instituto 15 de Campana y abordé el tema en distintas materias. En una que estaba en el viejo plan, Seminario de Análisis de la realidad, veíamos con los alumnos cómo ese horror había sido representado por el arte: literatura, films y teatro. En otra estudiábamos el periodismo que Rodolfo Walsh ejerció en ANCLA. En el nuevo plan de la carrera, que rige desde 2011, en Teorías y Procesos de la Comunicación Social II, analizamos cómo actuó la prensa argentina durante la dictadura y los casos Papel Prensa e Hijos de Noble. Asimismo, en ambos planes, estudiamos la Teoría de la dependencia. Aunque recomendé su lectura, el Nunca más nunca formó parte de la Bibliografía Obligatoria.

En diciembre del año pasado, cuando la actriz Telma Fardín denunció a Juan Darthés por violación, pasados unos días, se generó una polémica respecto de la explicitud de la narración realizada por la joven. Si primero se le había creído justamente por esa explicitud, ahora ella, la explicitud, era cuestionada, reprochada. Ese mismo diciembre, al final de la cursada, una alumna me regaló un libro: María Claudia Falcone. Políticas revolucionarias en bachilleratos de los años 70, de Leonardo Marcote (Bs. As., Nuestra América Editorial, 2017). No sabía, o no recordaba, que la madre de Claudia había sido detenida y torturada. Siempre es duro leer el relato de la tortura porque ella le roba a su padeciente su condición de humano. No se puede torturar a un ser humano, sólo puede hacérselo a una cosa, a alguien a quien se le ha quitado el derecho de la dimensión de lo humano. Los torturadores, en cambio, se despojan a sí mismos de la condición de lo humano: nadie que aplique la picana eléctrica puede formar parte de lo humano. El torturador, a diferencia del torturado, nunca puede recuperar la dimensión de lo humano.

En estos días decidí incluir en la Bibliografía Obligatoria de una de mis materias el capítulo de ese libro en el que la madre de Claudia narra su cautiverio, su tormento y su fuerza arrolladora. Pensé en incorporar el primer testimonio del Nunca más, pero tengo dudas. Ambos textos reclaman lecturas silenciosas, privadas, meditadas. No debemos olvidar la dimensión de lo que ha implicado la práctica del terrorismo de Estado. Y menos en este momento político en el que proliferan las prisiones preventivas, se habilitan discursos negacionistas, se reprime la protesta social, se persigue al adversario a partir del poder judicial, se ha militarizado el Congreso en varias ocasiones, se lleva a cabo espionaje ilegal, y se ha intentado (el pueblo lo ha impedido) aplicarle al represor Etchecolatz el beneficio del 2 x 1.

 

 

 

Aquí el crudo de la entrevista a la Madre de Mayo Hebel Pietrini que hicimos en 1998:

 

 

 

 

 

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